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ESCUELA de SALUD
El arte de la medicina consiste en entretener al paciente mientras la naturaleza le va curando la enfermedad. Voltaire

Categoría: Educación y escolarización

18/08/2008 GMT 2

Verdades falsas y mentiras autenticas

escuela_de_salud @ 20:56

homer-euro.jpg

 El pueblo de Springfield ha adoptado el euro como moneda de curso legal.

Lo más sorprendente ha sido que han decidido encargar a la Fabrica Nacional de Moneda y Timbre el trabajo de acuñación. Como es natural, esta institución ha aprovechado las planchas y matrices que tenía, pero en un descuido imperdonable ha dejado el nombre de España en las monedas de un Euro. Toda la tirada tendrá que volver a la fundición. No vale para springfield por el rótulo de España, y tampoco puede circular aquí debido a la efigie de Homer Simpson que figura en la cara de las monedas.

Campañas informativas para el bienestar social

Este verano nos han estado machacando con una campaña publicitaria promovida por el Gobierno de España y pagada por todos nosotros en la que nos dicen las cosas que tenemos que hacer cuando hace calor: andar por la sombra, beber agua, etc.

A pesar del dinero que me ha costado la parte que me corresponde de la campaña, estoy inmensamente agradecido al Papá Estado que vela incesantemente por mi felicidad. Todavía recuerdo lo mal que lo pasé durante mis últimos 50 veranos en los que nadie me había explicado esas normas tan elementales y útiles.

Hasta los más furibundos detractores de la campaña tendrían que admitir que ha sido un éxito más allá de lo humanamente imaginable, pues hasta los perros, gatos, gorriones y palomas que nunca ven televisión han acatado al pie de la letra tan sabios consejos, hecho que han aprovechado los grupos radicales de la oposición para acusar al ejecutivo de utilizar técnicas de propaganda subliminal.  Envidia podrida porque no se les ha ocurrido a ellos.

La próxima campaña para el otoño versará sobre los peligros asociados al consumo de drogas. Al más puro estilo de Barrio Sésamo se exhortará a los fumadores a no chupar el cigarrillo por la parte encendida, haciéndoles ver con ejemplos lo dolorosas que son esas quemaduras.

A los adictos al café se les concienciará del peligro de no sacar la cucharilla después de remover el edulcorante. Se podrán ver en pantalla varias lesiones oculares con testimonios reales por haber hecho caso omiso a las conclusiones de la selecta élite de nuestras autoridades sanitarias.

Para los que hayan sufrido alguno de estos desagradables accidentes, su médico de cabecera les recetará con cargo a la Seguridad Social una cachimba rectificada para que se puedan usar cigarrillos americanos de contrabando, y para los cafeinomanos, unas gafas como las que usan los profesionales de la soldadura autógena.

12/08/2008 GMT 2

Aprender a pensar

escuela_de_salud @ 13:27

He encontrado una anécdota que me ha parecido interesante y la voy a copiar a continuación. Pone de manifiesto la diferencia entre aprender a pensar por uno mismo y aprender las cosas solamente como te las han enseñado.

Aprender a pensar


Sir Ernest Rutherford, presidente de la Sociedad Real Británica y Premio Nobel de Química en 1908, contaba la siguiente anécdota:
Hace algún tiempo, recibí la llamada de un colega. Estaba a punto de poner un cero a un estudiante por la respuesta que había dado en un problema de física, pese a que este afirmaba rotundamente que su respuesta era absolutamente acertada. Profesores y estudiantes acordaron pedir arbitraje de alguien imparcial y fui elegido yo.

Leí la pregunta del examen y decía: Demuestre como es posible determinar la altura de un edificio con la ayuda de un barómetro. El estudiante había respondido: llevo el barómetro a la azotea del edificio y le ato una cuerda muy larga. Lo descuelgo hasta la base del edificio, marco y mido. La longitud de la cuerda es igual a la longitud del edificio.

 
Realmente, el estudiante había planteado un serio problema con la resolución del ejercicio, porque había respondido a la pregunta correcta y completamente.

Por otro lado, si se le concedía la máxima puntuación, podría alterar el promedio de su año de estudio, obtener una nota mas alta y así certificar su alto nivel en física; pero la respuesta no confirmaba que el estudiante tuviera ese nivel.

Sugerí que se le diera al alumno otra oportunidad. Le concedí seis minutos para que me respondiera la misma pregunta pero esta vez con la advertencia de que en la respuesta debía demostrar sus conocimientos de física.

Habían pasado cinco minutos y el estudiante no había escrito nada. Le pregunte si deseaba marcharse, pero me contesto que tenia muchas respuestas al problema. Su dificultad era elegir la mejor de todas. Me excuse por interrumpirle y le rogué que continuara.

En el minuto que le quedaba escribió la siguiente respuesta: tomo el barómetro y lo lanzo al suelo desde la azotea del edificio, calculo el tiempo de caída con un cronometro. Después se aplica la formula altura = 0,5 por A por t^2. Y así obtenemos la altura del edificio.

En este punto le pregunte a mi colega si el estudiante se podía retirar. Le dio la nota mas alta.
Tras abandonar el despacho, me reencontré con el estudiante y le pedí que me contara sus otras respuestas a la pregunta. Bueno, respondió, hay muchas maneras, por ejemplo, tomas el barómetro en un día soleado y mides la altura del barómetro y la longitud de su sombra. Si medimos a continuación la longitud de la sombra del Edificio y aplicamos una simple proporción, obtendremos también la altura del edificio.

Perfecto, le dije, ¿y de otra manera?. Si, contestó, éste es un procedimiento muy básico para medir un edificio, pero también sirve. En este método, tomas el barómetro y te sitúas en las escaleras del edificio en la planta baja. Según subes las escaleras, vas marcando la altura del barómetro y cuentas el numero de marcas hasta la azotea. Multiplicas al final la altura del barómetro por el numero de marcas que has hecho y ya tienes la altura.

Este es un método muy directo. Por supuesto, si lo que quiere es un procedimiento mas sofisticado, puede atar el barómetro a una cuerda y moverlo como si fuera un péndulo. Si calculamos que cuando el barómetro está a la altura de la azotea la gravedad es cero y si tenemos en cuenta la medida de la aceleración de la gravedad al descender el barómetro en trayectoria circular al pasar por la perpendicular del edificio, de la diferencia de estos valores, y aplicando una sencilla fórmula trigonométrica, podríamos calcular, sin duda, la altura del edificio.

En este mismo estilo de sistema, atas el barómetro a una cuerda y lo descuelgas desde la azotea a la calle. Usándolo como un péndulo puedes calcular la altura midiendo su período de precesión.

En fin, concluyó, existen otras muchas maneras. Probablemente, la mejor sea tomar el barómetro y golpear con el la puerta de la casa del portero. Cuando abra, decirle: "Señor portero, aquí tengo un bonito barómetro. Si usted me dice la altura de este edificio, se lo regalo".

En este momento de la conversación, le pregunte si no conocía la respuesta convencional al problema (la diferencia de presión marcada por un barómetro en dos lugares diferentes nos proporciona la diferencia de altura entre ambos lugares) evidentemente, dijo que la conocía, pero que durante sus estudios, sus profesores habían intentado enseñarle a pensar.

El estudiante se llamaba Niels Bohr, físico danés, premio Nobel de física en 1922, mas conocido por ser el primero en proponer el modelo de átomo con protones y neutrones y los electrones que lo rodeaban. Fue fundamentalmente un innovador de la teoría cuántica.

Al margen del personaje, lo divertido y curioso de la anécdota, lo esencial de esta historia es que LE HABÍAN ENSEÑADO A PENSAR. Por cierto, para los escépticos, esta historia es absolutamente verídica

Aprendamos a pensar, hay mil soluciones para un mismo problema, pero lo realmente interesante, lo auténticamente genial es elegir la solución más practica y rápida, de forma que podamos acabar con el problema de raíz...y dedicarnos a solucionar OTROS problemas.

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02/08/2008 GMT 2

Leyes, usos y costumbres

escuela_de_salud @ 11:06

Se cuenta que un grupo de antropólogos colocó cinco monos en una jaula, en cuyo centro pusieron una especie de escalera y sobre ella un racimo de plátanos de buena calidad y bien olorosos. Apenas tardaron unos segundos los monos en reaccionar y enseguida uno de ellos empezó a subir la escalera para pillar los plátanos y darse un festín, pero los científicos que ya esperaban esa reacción lanzaron un gran chorro de agua helada sobre los otros que habían quedado en el suelo esperando su turno. Esta forma de proceder la repitieron en varias ocasiones y cada vez que uno trepaba los otros se llevaban un buen chorro de agua fría. Después de algún tiempo, cada vez que un mono intentaba subir la escalera, los otros cuatro lo molían a palos para evitar el desagradable remojón. Los científicos dejaron que las cosas evolucionaran y después de algo de tiempo, ningún mono subía la escalera, a pesar de la tentación de los olorosos plátanos que colgaban ahí arriba.

Entonces, los científicos decidieron sustituir a uno de los monos por otro nuevo que no conocía nada de todo aquello. Como es normal, su primera reacción al ver los plátanos fue subir la escalera, siendo rápidamente bajado por los otros, quienes le molieron a palos. Después de algunas palizas, el nuevo integrante del grupo ya no subió más la escalera. Un segundo mono fue reemplazado por otro novato y de nuevo vuelta a empezar. El primer sustituto participó con entusiasmo y saña en la paliza al mono novato al ver la reacción de los demás. Un tercero fue cambiado y de nuevo pasó lo mismo en cuanto intento alcanzar los plátanos. El cuarto y, finalmente, el último de los monos veteranos fue reemplazado.

Si nos fijamos quedaban cinco monos que jamás habían recibido el chorro de agua fría de los antropólogos y, sin embargo, jamás subían la escalera y al que lo intentaba le daban una paliza, sin tener la menor idea de por qué lo hacían. No parece que haya mucha diferencia entre los monos y los hombres, y cuenta la historia de Internet que si fuese posible preguntar a algunos de ellos por qué le pegaban a quien intentase subir la escalera, con certeza la respuesta sería:

"No sé, las cosas siempre se han hecho así aquí..."

14/07/2008 GMT 2

La verdadera educación

escuela_de_salud @ 21:07

La verdadera educación comienza por el educador, que debe conocerse a sí mismo y estar libre de patrones de pensamiento ya establecidos; porque según sea él, así será su enseñanza. Si él no ha recibido una educación correcta, ¿qué puede enseñar, salvo el conocimiento mecánico en el que se le ha educado? El problema, por lo tanto, no es el niño, sino los padres y el maestro. El problema principal es educar al educador.

Si nosotros, que somos los educadores, no nos comprendemos a nosotros mismos, si no comprendemos nuestras relaciones con el niño, sino que únicamente le atestamos de información y le preparamos para aprobar exámenes, ¿cómo podremos crear una clase de educación nueva? El alumno va a la escuela a recibir orientación y ayuda, pero si el guía, el tutor, está confuso y dominado por teorías, si es estrecho de miras y nacionalista, entonces, naturalmente, su alumno será lo que es el maestro; y la educación se convierte así en fuente de aún mayor confusión y lucha.

Si vemos la verdad de esto, nos daremos cuenta de lo importante que es empezar por educarnos a nosotros mismos debidamente. Ocuparnos de nuestra propia reeducación es mucho más necesario que preocuparnos por el futuro bienestar y la seguridad del niño.

 Educar al educador -o sea, ayudar al educador a que se comprenda a sí mismo- es una de las empresas más difíciles, puesto que la mayoría estamos ya cristalizados dentro de un sistema de pensamiento o dentro de un molde de acción; nos hemos adherido ya a una ideología, a una religión, o a una norma determinada de conducta. Por eso enseñamos al niño qué pensar y no cómo pensar.

Además, los padres y los maestros están en su mayoría ocupados con sus propios conflictos y penas. Ricos o pobres, la mayor parte de los padres viven absortos en sus propias ansiedades y aflicciones; no están seriamente interesados en el actual deterioro moral y social, sino que sólo desean que sus hijos logren la debida preparación para abrirse camino en el mundo. Se angustian por el futuro de sus hijos, y aspiran a darles una educación que les permita acceder a un puesto de trabajo estable, o a un matrimonio ventajoso.

Contrariamente a la creencia general, la mayoría de los padres no aman a sus hijos, por mucho que hablen de su amor hacia ellos. Si los amaran de verdad, no darían tanta importancia a la familia y a la nación en oposición a la totalidad del mundo, pues ese énfasis es causa de divisiones raciales y sociales cuyas consecuencias son la guerra y el hambre. Es realmente extraordinario que las personas se instruyan rigurosamente para ser abogados o médicos y que, a la vez, puedan convertirse en padres sin haber recibido instrucción alguna que les prepare para esta tarea de tan suma importancia.

Con frecuencia, la familia, con sus tendencias segregacionistas, estimula el proceso general de aislamiento, convirtiéndose así en un factor destructivo de la sociedad. Sólo cuando hay amor y comprensión, los muros del aislamiento se derrumban, y entonces la familia deja de ser un círculo cerrado, no es ya ni una prisión ni un refugio, y los padres están en comunión, no solamente con sus hijos, sino también con el resto de sus semejantes. Absortos en sus propios problemas, muchos padres transfieren a los maestros la responsabilidad del bienestar de sus hijos, y en ese caso es importante que el educador se ocupe también de educar a los padres.

El educador debe hablar con ellos y explicarles que el estado de confusión del mundo es reflejo de su propia confusión individual. Debe señalar que el progreso científico por sí solo no puede provocar cambio radical alguno en los valores existentes; que el adiestramiento técnico, que es a lo que hoy se llama educación, no le ha dado al ser humano libertad ni le ha hecho más feliz, y que condicionar al alumno a que acepte el estado actual de la sociedad no contribuye a desarrollar su inteligencia. Debe explicar a los padres lo que está tratando de hacer en beneficio de su hijo, y cómo lo está haciendo. Es importante que despierte la confianza de los padres: no, obviamente, adoptando la actitud de un especialista que trabaja con profanos ignorantes, sino hablando con ellos del temperamento del niño, de sus dificultades, aptitudes y demás aspectos.

Si el maestro tiene verdadero interés por el niño como individuo, los padres confiarán en él. En este proceso, el maestro educa a los padres y se educa a sí mismo, aprendiendo de ellos a su vez. La verdadera educación es una tarea compartida, que exige paciencia, consideración y afecto. En una comunidad inteligente, los maestros, guiados por esa inteligencia, podrían resolver este problema de cómo educar a los niños, y deberían efectuar, en colaboración con padres reflexivos, experimentos de este tipo a pequeña escala.

¿Se preguntan los padres alguna vez por qué tienen hijos? ¿Es acaso para mantener sus propiedades o perpetuar su nombre? ¿Quieren tener hijos meramente para su propio deleite, para satisfacer sus necesidades emocionales? Si es así, los hijos se convierten en meras proyecciones de los deseos y temores de sus padres.

¿Pueden los padres decir que aman a sus hijos cuando, al educarlos erróneamente, fomentan la envidia, la enemistad y la ambición? ¿Es acaso el amor lo que fomenta los antagonismos nacionales y raciales, que conducen a la guerra, a la destrucción y a la infelicidad, y lo que enfrenta a los seres humanos entre sí en nombre de la religión y de las ideologías?

Muchos padres alientan a sus hijos a seguir el camino del conflicto y del sufrimiento, no sólo por permitir que se les someta a una clase de educación errónea, sino también con el ejemplo de su propio modo de conducirse en la vida; y luego, cuando los hijos se hacen mayores y sufren, los padres rezan por ellos o intentan justificar su comportamiento. El sufrimiento de los padres por sus hijos es una forma de posesiva lástima de sí mismos que sólo existe cuando no hay amor.

Si los padres aman a sus hijos, no serán nacionalistas ni se identificarán con ningún país, pues el culto al Estado provoca la guerra, que mata o mutila a sus hijos. Si los padres aman a sus hijos, descubrirán cuál es la relación correcta del ser humano con la propiedad, puesto que el instinto de posesión le ha dado a la propiedad una enorme y falsa significación que está destruyendo al mundo. Si los padres aman a sus hijos, no pertenecerán a ninguna religión organizada, porque el dogma y las creencias dividen a las personas en grupos opuestos, creando así antagonismos entre los seres humanos. Si los padres aman a sus hijos, acabarán con la envidia y con las luchas y comenzarán a cambiar de un modo radical la estructura de nuestra sociedad. Mientras queramos que nuestros hijos sean personas con poder, que tengan los más prestigiosos y mejor remunerados puestos de trabajo, que alcancen un imparable éxito en la vida, no habrá amor en nuestros corazones, pues el culto al éxito fomenta el conflicto y la miseria. Amar a los hijos significa estar en completa comunión con ellos, tratar de que reciban la clase de educación que les ayude a ser sensibles, inteligentes e íntegros.

Lo primero que un profesor debe preguntarse cuando decide que quiere dedicarse a la enseñanza es qué entiende él exactamente por enseñar. ¿Va a impartir las asignaturas habituales de la manera acostumbrada? ¿Quiere programar al alumno para que se convierta en una pieza de la maquinaria social, o quiere ayudarle a convertirse en un ser humano integrado, creativo, una amenaza para los falsos valores? Y si el educador ha de ayudar al alumno a examinar y comprender los valores y las influencias que lo rodean, y de las cuales forma parte, ¿no debe el maestro comprenderlos también? Si uno es ciego, ¿podrá ayudar a los demás a cruzar a la otra orilla?

Indudablemente, el maestro es el primero que debe empezar a ver las cosas como son. Debe estar constantemente alerta, intensamente alerta a sus propios pensamientos y sentimientos, debe darse cuenta de la manera en que él mismo está condicionado, de sus acciones y reacciones, porque de esta actitud alerta nace la inteligencia y, con ella, una transformación radical de su relación con las personas y con las cosas.

La inteligencia no tiene nada que ver con aprobar exámenes. La inteligencia es la percepción espontánea que hace al ser humano fuerte y libre. Para despertar la inteligencia de un niño, debemos comprender por nosotros mismos qué es la inteligencia; porque ¿cómo vamos a pedirle a un niño que sea inteligente si gran parte de nuestras actitudes no demuestran inteligencia alguna? El problema no consiste solamente en las dificultades del alumno, sino también en las nuestras: los temores acumulados, la infelicidad y las frustraciones, de los que no estamos libres. Para ayudar al niño a que sea inteligente, tenemos que demoler en nuestro interior los obstáculos que nos hacen torpes e irreflexivos.

¿Cómo podemos enseñarles a los niños a que no busquen seguridad personal si es eso lo que nosotros hacemos? ¿Qué esperanza puede tener el niño si nosotros, los padres y los maestros, no somos enteramente vulnerables a la vida sino que levantamos muros de protección a nuestro alrededor? Para descubrir el verdadero significado de esta lucha por la seguridad, que causa tal caos en el mundo, debemos empezar a despertar nuestra propia inteligencia, dándonos cuenta de nuestros propios procesos psicológicos; debemos empezar a cuestionar todos los valores que ahora nos aprisionan.

No deberíamos continuar ajustándonos irreflexivamente a los patrones en los que da la casualidad de que hemos sido educados. ¿Cómo puede haber armonía en el individuo, y por lo tanto en la sociedad, si no nos comprendemos a nosotros mismos? A menos que el educador se comprenda a sí mismo, a menos que vea sus propias reacciones condicionadas y comience a liberarse de los valores imperantes, ¿cómo es posible que despierte la inteligencia del niño? Y si no puede despertar la inteligencia del niño, ¿cuál es su función entonces? Sólo si comprendemos los mecanismos y el proceso de nuestro propio pensar y sentir podremos ayudar al niño a ser un individuo libre; y si para el educador ésta es una cuestión vital, no sólo prestará intensa atención al niño, sino también a sí mismo.

Muy pocos observamos nuestros pensamientos y sentimientos. Cuando lo que vemos nos resulta a todas luces detestable, en vez de indagar su pleno significado nos limitamos a intentar refrenarlo, o lo rechazamos. No nos damos cuenta exacta de nosotros mismos; nuestros pensamientos y sentimientos son estereotipados, automáticos. Adquirimos conocimientos sobre algunas materias, reunimos algo de información, y después tratamos de transferir todo eso a los niños.

Pero si nuestro interés es auténtico, vital, no nos contentaremos con averiguar qué experimentos educativos se están llevando a cabo en las diferentes partes del mundo, sino que procuraremos ser muy claros respecto a cómo abordamos nosotros mismos toda esta cuestión: nos preguntaremos por qué y con qué propósito nos educamos y educamos a nuestros hijos; investigaremos la significación de la existencia, las relaciones del individuo con la sociedad, etcétera. Indiscutiblemente, los educadores deben darse cuenta de estos problemas y tratar de ayudar al niño a descubrir la verdad acerca de ellos, sin proyectar en él sus propias peculiaridades y hábitos de pensamiento. El mero hecho de seguir un sistema, ya sea político o educativo, no resolverá jamás nuestros cuantiosos problemas sociales; y es mucho más importante entender nuestra manera de hacer frente a un problema que entender el problema en sí.

Para que los niños estén libres de temor -ya sea del temor a sus padres, a su entorno o a Dios-, el propio educador no debe tener temor. Pero eso es lo difícil: encontrar maestros que no sean víctimas de alguna clase de miedo. El miedo coarta el pensamiento y limita la iniciativa; y un maestro que sea presa del miedo no podrá de ninguna manera transmitir la profunda significación de estar libre de todo temor. Como la bondad, el temor es contagioso, y si el educador vive secretamente atemorizado, traspasará ese temor a sus alumnos, aun cuando dicha contaminación quizá no sea visible de inmediato.

Supongamos, por ejemplo, que un maestro teme a la opinión pública y, aunque ve lo absurdo de su miedo, no puede trascenderlo. ¿Qué ha de hacer? Al menos, puede reconocerlo ante sí mismo, y puede ayudar a sus alumnos a comprender el miedo explicándoles su reacción psicológica y hablando francamente con ellos sobre el particular. Esta manera franca y sincera de enfocar el asunto estimulará a los alumnos a ser igualmente francos y sinceros consigo mismos y con el maestro.

Para darle libertad al niño, el propio maestro debe comprender las implicaciones y el pleno significado de la libertad. El ejemplo y la coerción, cualquiera que sea la forma que adopten, jamás ayudarán a crear un clima de libertad; y sólo en libertad puede el alumno descubrirse a sí mismo y tener una percepción esencial y directa. El niño está influido por la gente y las cosas que lo rodean, y el verdadero educador debe ayudarle a descubrir esas influencias y su auténtico valor. Los valores verdaderos no se descubren acatando la autoridad de la sociedad ni de la tradición; sólo la reflexión individual puede revelarlos.

Si uno comprende todo esto a fondo, alentará al alumno desde el principio a que tenga una percepción inteligente de los valores sociales e individuales vigentes en la actualidad: le alentará a que busque, no una serie determinada de valores, sino el verdadero valor de todas las cosas; le ayudará a no tener miedo, es decir, a liberarse de toda dominación, ya sea por parte del maestro, de la familia o de la sociedad, de manera que pueda florecer como individuo en amor y bondad; y, al orientar así al alumno hacia la libertad, también el educador estará cambiando sus propios valores, pues él también comenzará a sentirse libre del "mí" y de "lo mío", y él también florecerá en amor y bondad. Este proceso de educación mutua crea una relación completamente diferente entre el maestro y el alumno.

El dominio o la coerción de cualquier clase son un obstáculo directo para la libertad y la inteligencia, y, por eso, el verdadero educador no tiene autoridad ni poder en la sociedad: está más allá de los edictos y sanciones de la sociedad. Si queremos ayudar al alumno a liberarse de los obstáculos que él mismo y su entorno han creado, entonces cualquier forma de dominio o coerción debe comprenderse y desecharse, y esto es imposible si el educador no trabaja a su vez para liberarse de toda autoridad y de sus perjuicios. Seguir a otro, no importa lo sabio que sea, impide el descubrimiento de los procedimientos del "yo"; correr tras las promesas de una utopía preconcebida hace que la mente no se dé cuenta en absoluto del acorralamiento que supone su deseo de seguridad, de autoridad, de contar con la ayuda de otro. El sacerdote, el político, el abogado y el militar están todos a nuestra disposición para "ayudarnos"; pero la ayuda que nos brindan destruye la inteligencia y la libertad. La ayuda que necesitamos no está fuera de nosotros; no necesitamos implorar ayuda; la ayuda llega sin que la busquemos cuando somos humildes y trabajamos con entrega, cuando estamos abiertos a comprender nuestras aflicciones y reveses cotidianos. Debemos evitar el deseo consciente o inconsciente de apoyo y estímulo, porque tal deseo crea su propia respuesta, que es siempre gratificante: es un alivio tener a alguien que nos estimule, que nos guíe, que nos calme, pero este hábito de recurrir a otro para que nos sirva de guía, de autoridad, pronto se convierte en el veneno de nuestra vida. En el momento en que dependemos de la guía de otro, olvidamos nuestra intención original, que era despertar la libertad individual y la inteligencia. Toda autoridad es un impedimento, y es esencial que el maestro no se convierta en autoridad para sus alumnos. La forma en que se constituye la autoridad es un proceso consciente e inconsciente a la vez: el alumno está inseguro, va buscando a tientas, mientras que el maestro se siente seguro de su conocimiento, fuerte, respaldado por su experiencia; el alumno, por tanto, encuentra seguridad en la fortaleza del maestro y tiende a dejarse alumbrar por su luz, pero esa seguridad no es real ni duradera. Un maestro que consciente o inconscientemente estimule la dependencia no podrá ser jamás de gran ayuda para sus alumnos; podrá apabullarlos con sus conocimientos, deslumbrarlos con su personalidad, pero no será un verdadero educador, pues su conocimiento y su experiencia son su adicción, su certeza, su prisión, y, mientras no se libere de esas trabas, no podrá ayudarles a ser individuos integrados.

Para ser un verdadero educador, un maestro debe liberarse constantemente de los libros y los laboratorios, y debe estar siempre alerta para que sus alumnos no lo tomen como ejemplo, como ideal, como autoridad. Cuando el maestro desea realizarse personalmente a través de sus alumnos, cuando el éxito de ellos es el suyo propio, entonces su enseñanza es una forma de continuación de sí mismo, lo cual es pernicioso para el conocimiento propio e impide la libertad. El verdadero educador debe tener en cuenta todos estos obstáculos a fin de poder ayudar a sus alumnos a liberarse, no sólo de su autoridad, sino también de sus propios anhelos obstaculizadores.

Desgraciadamente, cuando llega el momento de tener que comprender un problema, la mayor parte de los maestros no tratan al alumno de igual a igual; desde su posición superior, dan instrucciones al alumno, al que ven muy por debajo de ellos. Esta manera de relacionarse con el discípulo no hace sino reforzar el temor en el maestro y en el alumno. ¿Qué es lo que crea esta desigual relación? ¿Es que el maestro tiene miedo de que se descubran sus fallos? ¿Acaso mantiene una distancia decorosa para proteger su susceptibilidad y su sentimiento de importancia? Esta actitud de superioridad y reserva no ayuda en modo alguno a derribar las barreras que separan a los individuos. Después de todo, el educador y su alumno se ayudan mutuamente para educarse a sí mismos. Toda relación debe ser de educación mutua; y, dado que el aislamiento protector que confieren el conocimiento, el éxito y la ambición sólo crea envidia y antagonismo, el verdadero educador debe trascender esas murallas que él mismo levanta a su alrededor.

Y puesto que está dedicado completamente a conseguir la libertad y la integración del individuo, el verdadero educador es profunda y sinceramente religioso. No pertenece a ninguna secta, ni a ninguna religión organizada; está libre de creencias y ritos, pues sabe que no son más que ilusiones, fantasías y supersticiones proyectadas por los deseos de quienes las crean. Sabe que la realidad, o Dios, se manifiesta sólo cuando hay conocimiento propio y por lo tanto libertad.

Con frecuencia, individuos que no tienen ningún título académico resultan ser los mejores maestros, porque están dispuestos a experimentar; no siendo especialistas, su interés es aprender, comprender la vida. Para el verdadero maestro, la enseñanza no es una técnica, es su forma de vida; como el gran artista, antes preferiría morir de hambre que abandonar su trabajo creador. A menos que uno tenga este ardiente deseo de enseñar, no debe ser maestro. Es de suma importancia descubrir por uno mismo si se tiene este don, en lugar de acabar dedicándose a esta profesión simplemente porque es un medio de ganarse la vida.

Mientras la enseñanza sea una mera profesión, un medio de vida, y no una vocación de total entrega, forzosamente habrá un abismo entre el mundo y nosotros: nuestra vida personal y nuestro trabajo serán parcelas distintas, separadas. Mientras la educación sea un empleo como otro cualquiera, serán inevitables el conflicto y la enemistad entre los individuos y entre las diversas clases sociales; habrá más competencia, despiadada ambición personal, y divisiones raciales y nacionales causantes de antagonismos y guerras interminables.

Pero si nos entregamos a ser verdaderos educadores, no estableceremos barreras entre nuestra vida personal y la vida de la escuela: allá donde nos encontremos, nuestra prioridad será siempre la libertad y la inteligencia. Nuestra disposición será igual hacia los hijos de los ricos que hacia los de los pobres, y respetaremos a cada niño como un individuo, con su temperamento particular, su herencia, sus ambiciones: nos importará, no una clase determinada, no los poderosos o los débiles, sino la libertad y la integración del individuo. Dedicarse a la verdadera educación ha de ser una acción completamente voluntaria, no debe ser resultado de ninguna clase de persuasión ni de esperanza de recompensa personal, y debe estar libre de los temores inherentes al ansia de logro social y de éxito. Nuestra identificación con el éxito o fracaso de una escuela sigue estando dentro del campo de los motivos personales, y, si enseñar es nuestra vocación, si creemos que la verdadera educación es una necesidad vital del individuo, no permitiremos que nuestras ambiciones o las de otros nos obstaculicen o nos desvíen: encontraremos tiempo y oportunidad para este trabajo, y nos dedicaremos a él sin esperar recompensa, honores o fama; y todas las demás cosas de la vida -la familia, la seguridad personal y la comodidad- tendrán una importancia secundaria.

Si pensamos seriamente en ser verdaderos maestros, nos sentiremos totalmente insatisfechos, no con un sistema educativo determinado, sino con todos los sistemas, pues sabemos que ningún método educativo puede liberar al individuo; un método o un sistema puede condicionarle a una escala diferente de valores, pero no podrá hacerle libre. Tenemos que estar asimismo muy alertas para no caer en nuestro propio sistema particular, que la mente intenta construir en todo momento. Resulta muy cómodo y seguro contar con una norma de conducta, de acción, y por eso la mente se escuda en sus formulismos. Estar constantemente en actitud alerta nos exige y nos incomoda, mientras que el desarrollar y seguir un método o sistema no requiere la menor reflexión. La repetición y el hábito hacen a la mente perezosa, y es necesario un choque emocional para despertarla, que es a lo que llamamos problema. Lo que pasa es que, acto seguido, intentamos resolver ese problema valiéndonos de nuestras manidas explicaciones, justificaciones y censuras, todo lo cual hace que la mente se eche a dormir otra vez. La mente se deja atrapar constantemente en este estado de pereza, y el verdadero educador no sólo le pone fin en su interior, sino que ayuda a sus alumnos a que se den cuenta de esa inercia. Tal vez haya quien pregunte: "¿Cómo se convierte uno en un verdadero educador?". Con toda seguridad, el preguntar "cómo" indica, no una mente libre, sino timorata, que busca un beneficio, un resultado. La esperanza y el esfuerzo de ser algo en la vida hacen que la mente se ajuste al fin que uno anhela; mientras que una mente libre está siempre ojo avizor, aprendiendo, y, por lo tanto, abriéndose paso entre los obstáculos que ella misma proyecta. La libertad está al principio, no es algo que haya de alcanzarse al final. En cuanto uno pregunta "cómo", se tropieza con dificultades insuperables, y el maestro que está deseoso de dedicar su vida a la educación nunca hará esta pregunta, porque sabe que no hay ningún método por el cual pueda uno convertirse en un verdadero educador. Cuando uno está realmente interesado, no pide un método que le asegure la meta deseada. ¿Puede algún método hacernos inteligentes? Podemos pasar por toda la complejidad de un sistema, obtener títulos, y un sinfín de cosas más, pero ¿seremos entonces educadores, o seremos meramente la personificación de un sistema? Buscar recompensas, querer que se nos llame educadores prominentes, es tener ansias de reconocimiento y aplauso; y, aunque en ocasiones es agradable ser apreciado y estimulado, si uno depende de ello para mantener su interés, esos estímulos se convierten en una droga de la que pronto nos hastiamos. Esperar reconocimiento y estímulo revela una considerable inmadurez. Si queremos de verdad crear algo nuevo, debe haber comprensión y energía, no reproches y disputas. Si uno se siente frustrado en su trabajo, seguramente se cansará y se aburrirá. Si uno no siente interés, evidentemente no debe continuar enseñando.

¿Por qué hay con tanta frecuencia una falta de auténtico interés vital entre los maestros? ¿Qué es lo que le hace a uno sentirse frustrado? La frustración no es resultado de verse obligado por las circunstancias a hacer esto o aquello; surge cuando nosotros mismos no sabemos lo que realmente queremos hacer. Confundidos como estamos, se nos empuja de un lado para otro, y aterrizamos finalmente en algo que no nos interesa en absoluto.

Si enseñar es nuestra verdadera vocación, tal vez nos sintamos temporalmente frustrados porque no encontramos la manera de salir de la actual confusión educativa; pero, tan pronto como veamos y entendamos lo que significa y requiere una verdadera educación, tendremos de nuevo el empuje y el entusiasmo necesarios. No es un asunto de voluntad o resolución, sino de percepción y entendimiento. Si enseñar es nuestra vocación, y si percibimos la gran importancia de una educación correcta, no podemos ser sino la clase de educadores que de verdad se necesitan. Entonces no es preciso seguir ningún método; el acto en sí de comprender que una verdadera educación es indispensable para lograr la libertad y la integración del individuo origina en nosotros un cambio fundamental. Si uno comprende que la paz y la felicidad sólo pueden llegar al ser humano a través de una verdadera educación, entonces, espontáneamente, uno le dedicará su vida y su atención enteras. Uno enseña porque quiere que el niño sea rico interiormente, lo que le permitirá dar a las posesiones materiales su verdadero valor. Sin riqueza interior, las cosas del mundo adquieren una importancia disparatada, que conduce a diversas formas de destrucción y miseria. Uno enseña para estimular al alumno a encontrar su verdadera vocación y a evitar aquellas ocupaciones que fomentan el antagonismo entre los seres humanos. Uno enseña para ayudar a los jóvenes a que se conozcan a sí mismos, sin lo cual no puede haber paz ni felicidad duraderas. La enseñanza no es realización personal, sino abnegación del "yo".

Cuando no se recibe una verdadera enseñanza, la ilusión se confunde con la realidad, y entonces el individuo está siempre en conflicto, consigo mismo y, como consecuencia, en sus relaciones con los demás, o sea, con la sociedad. Uno enseña porque ve que sólo la comprensión de uno mismo, y no los dogmas y ritos de las religiones organizadas, puede dar tranquilidad a la mente, y que la creación, la verdad, Dios, se manifiesta sólo cuando trascendemos el "mí" y lo "mío".

J. Krishnamurti

Fuente original

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07/07/2008 GMT 2

Educación no escolarizada

escuela_de_salud @ 16:46

No llevar los niños a la escuela actualmente crea a primera impresión un gran rechazo por parte de esta sociedad. Uno de los principales conceptos mentales que cambian los padres que no escolarizan a sus hijos es que la mayoría de todo lo que se aprende, se aprende fuera de la escuela (recuerda tu infancia y tus necesidades reales actuales). Se puede aprender de muchas formas no viniendo el conocimiento solamente de los libros de texto. El tener hijos no escolarizados supone el compromiso de responder esas preguntas de los hijos que salen espontáneamente. Supone ser inquieto y tener ganas de aprender ayudándoles a solventar sus cuestiones mientras indagas tú en ellas. Resulta sumamente importante disfrutar de su compañía, tener ganas reales de estar con tus hijos (son muchas las horas a compartir durante muchos días seguidos). Ellos son nuestros aliados y juntos cooperamos en piña. Una escuela destruye esta unión potenciando las rivalidades y luchas de poder entre padres e hijos.

El llevarlos a cierta edad a la escuela simplemente por haber cumplido seis años, me parecía un tanto frío, así como una ruptura global de profundidad en la relación del día a día, me resultaba bastante “antinatural” y algo en mí proyectaba sentimientos de rechazo hacia ello, pero... ¿sería capaz de transmitirles todos los conocimientos culturales que les ofrece la escuela en sus diversas materias y edades?.

Normalmente, cuando nos planteamos otra forma de vida, otro “roll”, éste le vemos desde nuestra actitud actual, desde nuestras inquietudes y necesidades actuales, no sabiendo ponernos exactamente en esa situación, con todos los matices y cambios que conlleva, matices que ni tan siquiera se nos ocurren. Por ello, yo me planteaba mi nivel cultural y el del padre. Esta visión de la enseñanza, abría una inmensa puerta a mis miedos.

Actualmente, mi punto de vista ha cambiado inmensamente, ya no soy tan centralista o egocéntrica, como queráis llamarlo, ¿realmente podía creerme que la educación se iba a basar en una sola persona del mismo modo que solemos dejar actualmente el peso de la educación en un sólo punto, la escuela? Ahora veo que no. Mis hijos no aprenden sólo de mí. Principalmente aprenden de sí, de ellos mismos y de la vida. Aprenden solos, no hace falta estar en cima, basta con esforzarse en no castrarles y dejarles fluir en sus inquietudes y quehaceres. Observando la naturaleza, observando en las compras, observando los cuentos, observando a la gente, aprenden, y aprenden con un corazón mucho más abierto por lo general que el nuestro, sin críticas destructivas basadas en la incomprensión y los miedos.

 Los niños también aprenden -y mucho- de las demás personas que ven. Una de las ventajas de no escolarizarlos es que evitas en gran medida el salto generacional. Ellos no verán a los adultos como a la única autoridad, a los mayores como modelo a seguir, a los de su edad como colegas cómplices y a los pequeños como inferiores que no saben nada. Normalmente quieren aprender absolutamente de todos y les gusta estar con todos. La autoridad la ven en cualquiera que les dé un razonamiento justo o tajante. Imitan a las personas porque hagan algo que les guste, independientemente de si son mayores o pequeñas; sus colegas y confidentes los buscan en gente afín, sin tener en cuenta la edad y no suelen ser prepotentes con los más pequeños. Todos tienen algo para poder enseñarles, de todos tienen algo por aprender... Cada persona -independientemente de la edad-, le va mostrando una faceta de la cultura, de la vida y del sentir diferente, que ellos absorben inmediatamente como cuan esponjas que son por otro aspecto más: aprenden lo que necesitan aprender en el momento que quieren aprenderlo, en el momento en que más receptivos están. No se sienten forzados a aprenderlo porque hay un examen o ahora “toca” esa asignatura, conllevando esto una gran ventaja respecto a la retentiva y la memoria, no siendo aprendido para “salir del paso”. Si tú ofreces a tus hijos una amplia biblioteca (pública o privada) y éstos, además, observan tu inquietud por saber, no dudes en que lo más probable sea que ellos, desde muy temprana edad, disfruten empapándose de conocimiento. El inconveniente: que requiere una gran atención y energía por nuestra parte. Veo bastante importante el esforzarse por contestar a sus preguntas, sean de la índole que sean. Aunque algunas veces me dé pereza interrumpir mi lectura por saciar sus inquietudes, siempre me deja luego, al final, un sabor de boca maravilloso y espléndido, manteniéndose como dulces recuerdos para el resto de mis vidas. Con la edad, el aspecto cultural los niños lo pueden seguir ampliando no sólo con los libros y gentes, sino también con cursos o talleres. Siempre tienen la opción ahí de ir a conferencias, seminarios, cursos o talleres de todo aquello que les guste y el hecho de que no vayan a la escuela no los convierte en unos inadaptados sino al contrario, tienen más tiempo real para estudiar, indagar, investigar o salir con los amigos. En caso de que el día de mañana pidan ir al colegio, al instituto o a la Universidad, no es ningún impedimento real pues entran directamente en unos casos y, en otros, basta con que hagan su respectivo examen de ingreso, poseyendo a mi parecer dos grandes ventajas: cuando lo hagan -si lo hacen- será por propia voluntad y plena consciencia, siendo fieles a sí mismos y realizando algo no por inercia, sino por sentimiento e inquietud. La otra ventaja es la de que para entonces su psique estará mucho más preparada para la disciplina y la presión escolar.

El colegio se me antoja más como un medio de control que de impartir conocimiento. Castra y coarta apagando la energía del niño, reprimiéndolo, enfriándolo. El colegio enseña a ser sumiso. El estado de sumisión es la situación típica creadora de la enfermedad. Cuando vivimos un estado de sumisión, nuestro cuerpo segrega gran cantidad de cortisol y otras hormonas cuyo efecto prolongado crea una especie de “suicidio fisiológico”.

A veces resulta realmente agotador el ser nosotros los responsables de la educación de nuestros hijos, llegando a poder ser un gran peso sobre nuestras espaldas, creándonos mal humor y dañando más que beneficiando. Si cuando estoy con los niños intento interesarme por lo que hacemos y vivir en plenitud, tendré tiempo ilimitado pues ese tiempo no será para ellos, sino para mí. Creo que esto es lo llamado por los orientales atención mental y podemos aplicarlo a todas aquellas facetas de nuestra vida como pueden ser las de la limpieza del hogar. Hay que estar plenamente atento a lo que se está haciendo siguiendo la propia respiración, siendo consciente de la propia presencia, sentimiento y acciones. Nada de pensar en el futuro, en lo que vamos a realizar después. Para mí cuando los niños me cargan y me siento agobiada por la inversión de tiempo que ello supone, intento controlar la mente mediante la respiración centrándome en ella.

¿Les estaré cerrando las puertas para que en un futuro puedan trabajar en donde quieran? Ante esta pregunta me planteo varias respuestas: Si por un lado les estoy diciendo a mis hijos que el ser humano no es omnívoro, sino frugívoro, que cualquier ser vivo u objeto es igual de importante que nosotros mismos y posee su propia energía, conveniendo respetar su vida, que las vacunas no son el milagro del siglo y conllevan muchos efectos secundarios y manipulaciones estatales, que el huerto y la Naturaleza no necesitan de productos químicos, que hay que evitar el consumismo y llegar a un nivel de autosuficiencia lo más alto posible, que ciertos adelantos científicos son muy dañinos por su gran contaminación medioambiental y electromagnética, que las funciones de los seres vivos no son simplemente nacer, crecer, reproducirse y morir, que no nos morimos sino que nos transformamos, que es muy importante vivir en la Naturaleza, que la creatividad y el desarrollo de la sensibilidad son muy valiosos, que nosotros vemos, oímos y llegamos más allá de nuestro cuerpo material, que el silencio y la meditación deberían de hacerse notar en nuestras vidas, que hay que confiar y creer en uno mismo, que las enfermedades son beneficiosas para conocerse y crecer, tomar consciencia de nuestros hábitos de vida, que no son un agente externo que nos quiere fastidiar, que no hay que competir más que con uno mismo, que tenemos que aprender a ser conscientes de todos nuestros actos y a responsabilizarnos de ellos no delegando en otros por mínimos que sean, que han de creer en sí mismos, en la vida y en el Universo, que el uso de la economía mundial está invertido de un modo muy dañino y creador de sufrimiento, etc. ¿Cómo voy a pedirles que vayan a la escuela, estudien todo lo opuesto a estas ideas pero, por otro lado, crean en lo que les digo? ¿No les estaré enseñando a que hagan e inviertan su vida en todo aquello en lo que no creen? ¿No les estaré incitando a que el día de mañana trabajen en algo que no les gusta y no se realicen plenamente como personas tan sólo por conseguir una falsa sensación de seguridad o estabilidad? Me niego a pedirles que hagan una cosa y crean en otra. Creo que si no van a la escuela incitados u obligados, o a edades tempranas, estarán menos expuestos a anularse a sí mismos o bloquearse, teniendo más claro qué quieren o qué sienten, conservando muchas fuerzas para poder conseguirlo, especialmente si sus sistemas cognitivos todavía no se hallan plenamente desarrollados. Creo que el día de mañana podrán trabajar perfectamente en lo que quieran y que si para ello tienen que hacer un examen, una prueba o incluso una carrera, lo realizarán con todo su ser, no siendo un gran obstáculo. Además, un título no es suficiente para obtener un trabajo en lo que se quiere y mucho menos para llevar una vida “satisfactoria y productiva”.

¿Tienen suficientes contactos con otros niños? La socialización es otra de las grandes inquietudes de los padres que llevan a sus hijos a la escuela y les gustaría no llevarlos. Ante esto, me basta con ver a mis hijos. Cuando vamos a cualquier sitio, se relacionan perfectamente sea bebé, niño, adulto o anciano y no tardan en compartir, charlar o jugar, ¡conociéndose incluso casi todos los juegos o canciones que se conocen los otros niños! Y es que los niños que no van a la escuela tienen mucho más tiempo libre para compartir, si quieren, con otras personas o niños y, en contra de lo que supuestamente se cree, no estamos al margen de la sociedad. Por decirlo de alguna manera simplista, la sociedad nos ofrece varios aspectos, valores o formas de vida; de cada diez de ellos, uno coge siete. Yo también cojo siete de esos diez, aunque los tres restantes sean los más escogidos por los demás, tengo otros tantos en común. De este modo, no soy ningún “bicho raro” en esta sociedad, simplemente soy una más de ella y, además, cada vez conozco a más gente afín a mí y a mis hijos. La vida me los va poniendo delante... Respecto al futuro, no sabemos cómo será en realidad, pero tanto mis hijos como yo, también pertenecemos a él y lo formaremos. No tienen por que ser más equilibrados o felices siendo muy sociables. Si el contacto con otros niños es suficiente o no, son ellos mismos quienes han de estipularlo y nosotros quienes hemos de aprender a escucharles pues desde luego no tardan nada en pedirnos ver a alguien o solicitarnos quedarnos en casa y no salir más. Las obligaciones cotidianas (familiares, de amistades, de compras, laborales, legales, de ocio, etc...) a veces incluso exceden el contacto con otras personas o niños. No creo necesario hacer nada especial para ello. Basta saber escuchar y sentirse. Sociable es hacer que un niño encaje en la sociedad, es hacer que se adapte a los demás por lo que si reflexionamos sobre su contrario podríamos decir que una persona solitaria es una inadaptada. Todos buscamos poder ser, es decir, la libertad, y ésta sólo puede existir para uno mismo. La política, la psicología, la cultura y la educación se encuentran al servicio de la sociedad; la sociedad no da libertad por lo que más que buscar la tan apreciada sociabilidad prefiero que mis hijos encuentren su propia paz e interior. Resulta muy difícil hacer infeliz a una persona solitaria pues esta ha aprendido a vivir consigo misma y por tanto a disfrutar de sí misma, a ser feliz consigo misma. Es el ego el que pide sentirse necesitado. La sociedad ayuda a engordar el ego.

Considero que realmente la escuela está más enfocada a los padres que a los hijos, librándose los primeros de una responsabilidad, aumentando su tiempo libre (para invertirlo en trabajar, relacionarse, estudiar, hacer las labores de la casa...) y reduciendo a primera vista el tiempo de exposición a conflictos a costa de una falta de confianza y conexión consigo mismos en sus hijos, a costa de castrar una gran parte de su personalidad; a costa de una pérdida de comunicación y por tanto de encontrarse con momentos cada vez más difíciles en esos pocos ratos que están en común.

Desde luego, cuando decides educar en casa a tus hijos, la cuestión económica muchas veces ha de replantearse: ¿cuánto dinero necesitamos realmente? ¿Con cuánto dinero quiero aprender a vivir? ¿Trabajo en algo que me gusta? ¿En qué quiero trabajar? ¿Qué puedo y quiero hacer que sea compatible con su educación no escolarizada? Estoy segura de que si aprendemos a responder estas preguntas y a hacernos responsables de sus respuestas, nuestra calidad de vida mejorará inmensamente -y nuestro equilibrio emocional y psicológico- pese a los miedos iniciales. El hecho de no escolarizar no es un acto suelto independiente de nuestra vida, sino una faceta más de unos valores y visiones de la vida muy complejos, sencillos y naturales a su vez.

La decisión de no escolarización no es un acto de irresponsabilidad o abandono, sino todo lo opuesto, es un acto tomado con gran consciencia e implicación. La legalidad respecto a la escolarización en España no está muy definida. Si cobras alguna prestación social como el IMI (Ingreso Madrileño de Integración) sí está claro: en estos casos, para cobrarlo es imprescindible que tus hijos en edad escolar (6 años en adelante), estén escolarizados pero si tu caso no es éste, se podría decir que lo obligatorio es la educación, no la escolarización. Cuando la ley te ataca, es desde la acusación de “abandono de responsabilidad” siendo fácilmente anulada esta acusación por parte de los acusados. La Constitución española dice: “los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones” (art. 27.3). Mi convicción es la del naturismo y la espontaneidad. La de la confianza en uno mismo y en su propia sabiduría. La de la Luz y el Amor. También en la Constitución leemos: “la enseñanza básica es obligatoria y gratuita” (art. 27.4). Observemos bien que habla de enseñanza no de escolarización. En mi día a día transmito a mis hijos muchísimo más que una enseñanza básica. El simple hecho de existir y responsabilizarse de sí mismos es más de lo que yo pueda ofrecerles.

Existe, respecto a la educación, una ley de rango inferior a la constitución la LOGSE donde sí aparece la palabra escolarización en vez de enseñanza.

El juez Luis Columna niega que “exista responsabilidad penal ante un caso de este tipo (desescolarización consciente), ya que los padres no hacen dejadez de sus obligaciones con los hijos sino todo lo contrario, velan por ellos al plantearse cuál es el mejor método educativo que les conviene”.

En otros juicios la resolución ha sido la siguiente: “(la) formación educativa efectuada al margen de la enseñanza oficial es perfectamente aceptable en el marco de libertades diseñado por la Constitución”.

En España, la mayoría de las familias que no escolarizan a sus hijos no han tenido ningún problema. Los procesos habituales que se siguen en caso de conflicto son: un asistente social o un director de colegio toma consciencia de que X niño/a no está escolarizado/a y realizan la denuncia pertinente. Seguidamente el organismo competente te cita para una entrevista que puede ser en tu hogar. Allí la primera y más importante evaluación es el ver si tus hijos sufren de abandono o si has tomado esa decisión con consciencia y responsabilidad, viéndote tanto a ti como a tus hijos equilibrados. Muchos se conforman con este primer paso enviando el informe correspondiente y dejándote en paz. Otros hacen cierto examen intelectual y algunas preguntas a tus hijos. Tras esto, actúan de diversos modos: te dejan en paz, te piden que tu hijo pase un examen de aprobación todos los años, te someten a un seguimiento o entrevistas cada X tiempo, o confirman esa denuncia de abandono de responsabilidad, pidiendo a los jueces que te exijan llevar a tus hijos al colegio. En caso de que te ocurra esto, siempre puedes escolarizarlos en un centro a distancia, bien español, bien extranjero, pero yo creo que ante todo, hemos de aprender a hacer valer nuestros derechos y valores, mostrando una forma más de vida, consecuente con nuestra propia filosofía, con plena consciencia y responsabilidad, ayudando a la gente a abrir puertas en sus pensamientos, a ser más tolerantes con otras culturas o hábitos de vida, con otros valores. La no escolarización ayuda especialmente a la generosidad (pues se relacionan menos con un ambiente tan material y competitivo) y a la independencia, pues el niño resulta especialmente inquieto y creativo, no teniendo problemas con el aburrimiento.

Si nos fijamos en otros países, en Estados Unidos, a fines del año 2001 el Gobierno presentó un informe reconociendo la mejor preparación y la total adaptación a la sociedad de los niños no escolarizados que estudian en sus casas estando actualmente reconocido este movimiento en los cincuenta estados, siendo unos más rígidos que otros al exigir exámenes e informes unos mientras otros, nada. Según dicho informe, los niños no escolarizados están 80 puntos por encima de la media en los exámenes de acceso a futuros estudios, en caso de quererse “enganchar”. Con este tipo de educación, entre otras cosas, se busca “prestar atención a los puntos fuertes del niño y potenciarlos de un modo natural, sin presiones ni extorsiones” permitiendo que el niño interactúe con su medio e indague en su propia sabiduría interna.

Desde hace ya varias generaciones, en países como Canadá, Australia, Francia, Inglaterra y EE.UU. (donde hay un millón y medio de niños desescolarizados) la educación sin ecuelas es completamente legal.

En mi criterio, educar sin escuela va más allá de una simple no escolarización. Educar sin escuela es permitir que tus hijos tomen consciencia de su propia sabiduría y permitirles ser, mostrarse. Educar sin escuela es ponerte el hábito de la humildad, empaquetar y desintegrar el ego e igualar los niveles. Ponerte y poner a tus hijos al mismo nivel.

Para enseñarles a leer y escribir, no hago nada como comenté anteriormente, tan sólo dejar lo que estoy haciendo e intentar dedicarles el máximo tiempo posible cuando me lo piden, que ya es mucho. Quiero puntualizar una idea que me sugirió el otro día una amiga y ya hemos empezado a llevar a cabo mis hijos y yo pareciéndome muy interesante: la de llenar la casa de cartelitos con el nombre escrito del objeto correspondiente en que está pegado. Si mis hijos ven una foto y debajo su nombre, una puerta con su nombre escrito y pegado a ella, lo mismo con la cama, el coche, la cuchara, el lápiz, el libro, etc., ellos solos, por asociación de ideas, aprenderán a relacionar, leer y escribir sin apenas yo intervenir. Ahora me queda esperar a ver los resultados pero tengo clara una cosa: si quiero que mis hijos sean inquietos y busquen la sabiduría, tanto en su interior como en su exterior, he de ser inquieta e intentar buscar esa sabiduría yo también. El ejemplo y su resolución son los mejores maestros. Si no permito a mis hijos que coman, beban o hagan algo que considero dañino, también me dañará a mí y, por tanto, tampoco he de realizarlo yo, enseñándoles con ello a ser coherentes, a quererse y a amar.

Muchas veces me resulta más difícil no decir un “no” que decirlo. Cada vez que digo un “no” castro a mis hijos y ya hay excesivos “nos” que considero inevitables para su seguridad mínima, como para añadir más por meros roles sociales. Y no sólo eso: cuando digo un no, intento que comprendan la causa o razón. Obedecer a un no sin más no creo que les sirva para aceptar esa renuncia del acto como modo de vida. Comprender la esencia de ese no, sí. Lo mismo con el diferenciar sus conflictos de los míos. Cuando mis hijos se suben a rocas elevadas o a árboles y llegan a un punto en que sufro en exceso, no les digo que no se suban, sino les pido que por favor se bajen pues aunque sé que ellos son muy hábiles y no se van a caer, yo soy algo insegura y sufro viéndoles por lo que les ofrezco que hagamos algo que nos haga pasárnoslo bien a los tres, no sólo a ellos dos (pues yo no estoy disfrutando en esos momentos). Considero ofrecerles una libertad de acción y de juego sumamente imprescindible para su posterior equilibrio emocional.

Otra pauta que suelo llevar a cabo es la de que cada uno de ellos manda un día a la semana. Cada uno puede crear e inventarse las pautas que considere oportunas y se le ocurran. El Universo es tan grande y la Caja de Pandora está tan llena, que seguro os fluirán las ideas si os dejáis llevar. Sé que al principio puede resultar algo complicado el cambiar nuestra visión, actos o roles pero los beneficios de ello se hacen notar casi instantáneamente.

Vivir Sin Cole  ISBN: 978-84-96439-00-9  EAN: 9788496439009  ALTA: 13/02/2007 22:00:15  MOD.: 08/06/2007 11:24:40 

Nuria Aragón Castro

Autora de este libro
 

En la siguiente Web se trata en profundidad el tema de este artículo.

http://educacionlibre.org/

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