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ESCUELA de SALUD
El arte de la medicina consiste en entretener al paciente mientras la naturaleza le va curando la enfermedad. Voltaire

Categoría: Poemas y cuentos

22/08/2008 GMT 2

Un cuento de amor: El amante canibalizado

escuela_de_salud @ 10:51

EL AMANTE CANIBALIZADO 

  Era frío y duro como un diamante, alzándose majestuoso sobre su entorno rozaba el cielo con su corona de encaje. No permitía que nada ni nadie se establecieran en sus dominios. Llevaba una vida sedentaria, aumentaba unas tallas en invierno y modelaba su silueta en verano. A lomos de esa rutina transcurrieron cinco mil años. Pero, un buen día ocurrió algo inesperado: hubo un temblor y algunas montañas fueron engullidas por la madre tierra; el colapso de las ancestrales cimas abrió un inmenso ventanal en el paisaje y el inmaculado pelaje de algunos animales perdió su virginal blancura al ser mancillado por la inmensa polvareda. Pasados unos días advino la paz al ser instaurado de nuevo el sagrado silencio. El polvo mecido por la suave brisa iba siendo acurrucado lánguidamente en las oquedades del suelo, parecía haber sido acunado por el más delicado instinto maternal. Los pájaros reanudaron sus acrobacias y el aire recobró su prístina transparencia.   

La sosegada brisa prometía un día radiante y el horizonte se había alejado alisando su forma convexa. El balbuciente Sol despertaba a lo lejos posándose ingrávido sobre un lecho azul. El espectáculo era grandioso, sobrecogedor..... La Mar, origen de todo, eterna matriz, receptáculo sagrado, a la vez madre y amante, blanda, sinuosa, acogedora, inmensa, llena de vida. El impacto de esta visión fue como un rayo que fulminaba su ego y encendía la llama sin humo del Amor, como una explosión ilimitada que liberaba la energía de todos los ayeres para ser ofrecida en el altar del presente.   

Las burbujas de su mente efervescente desplazaron todos los motivos para proseguir con su vida anterior. En esos instantes percibía la plenitud de estar vivo con tal intensidad que su existencia hasta ese momento parecía haber transcurrido sumida en un profundo estado de coma. Irremisiblemente subyugado por lo que contemplaba no albergaba la menor intención de resistirse ante tal atracción. En el estado de amor que se encontraba sólo podía arrastrarse en esa dirección, las demás ya no existían para él.   

Durante el acercamiento la pasión lo derretía, iba perdiendo parte de sí mismo en el camino, jirones de su cuerpo desgajado iban sembrando el paisaje, su sangre formaba arroyos, pero eso ni siquiera le importaba, el amor cegaba todos sus instintos. No se trataba de un sentimiento de conveniencia, sometido y doblegado al control de una voluntad interesada, sino una copiosa fuente manando la dicha que desbordaba su colmado corazón y que parecía llenar el universo.  

El viaje transcurría muy lento. El tiempo, varado como una gallina clueca, incubaba el germen de la desesperación. El galope de su corazón desbocado sólo permanecía sujeto por la brida de su expectación. La insultante impaciencia no era engendrada por el afán de poseer, ni por el miedo a perder al objeto amado. En su mente sólo anidaba la idea de hacerle a su amada un valioso regalo, pero, ¿qué presente no palidecería ante su grandeza? Después de una corta deliberación decidió entregarle lo más valioso que poseía, lo único que nunca podría ser comparado con algún insulso e inerte objeto material: su propia vida inmortal.  

El tiempo y el espacio parecían esquivar la conjunción que alumbraría el ansiado momento, pero, por fin, tras la interminable espera se produjo el primer contacto....... sedoso, envolvente, cálido, apasionado, un crisol donde entregar su esencia. Los húmedos labios de su amada iniciaron el juego de las caricias con irreverente avidez, en cada incursión era fecundada con un presente de su amado. Durante el juego amoroso ella iba libando el néctar de su espíritu. Así, con la impávida luna llena por testigo, aconteció la comunión de los dos cuerpos y la fusión de sus dos almas, sus células se mezclaron hasta que fue imposible reconocer separadamente a cada uno de los amantes.  

Una vez más se produjo la muerte de la personalidad de cada uno de los enamorados para poder formar con sus átomos un nuevo ser, un alma bicéfala. Y esta historia terminó cuando el Glaciar y la Mar se fundieron en un mortal abrazo y renacieron por amor con todo el esplendor de su indivisible unión.   

El Glaciar realizó el mayor anhelo al que puede aspirar un enamorado: abrazar íntimamente cada una de las moléculas de su amada, formar parte inherente de su esencia y, sobre todo, consiguió algo extremadamente paradójico, que su unión por disolución fuera eternamente indisoluble. 

*       *       * 

Para que dos personas alcancen el estado de amor, cada una de ellas tiene que haber trascendido su personalidad, abandonando su antiguo traje e incorporándose a la nueva alma común, lugar celestial donde la pareja vive y se realiza. Esta simbiosis estará vigente mientras que ninguno de los dos restablezca las fronteras que marcaban su individualidad y la pareja se comporte como un nuevo ente siamés, con un solo corazón e incapaz de sobrevivir a la cirugía de la separación.

07/08/2008 GMT 2

Perlas de Don Pablo de Jérica

escuela_de_salud @ 12:45

Este mes de agosto aprovecho los ratos de estar tumbado en la hamaca para leer. Estoy con algo que escribió Don Pablo de Jérica hace 200 años, y como he visto que en la práctica no se pueden encontrar en Internet, copio tres perlas que me han gustado para que las disfrutéis tanto como yo.

La Novedad
 
A cierto pueblo llegó
La novedad muy lujosa,
Y cada cual que la vio,
La calificó de hermosa.
Decían: si esta doncella
Se quisiese aquí fijar,
Mucho pudiera brillar
Nuestra sociedad con ella.
Como la bella venia
De una corte muy lejana,
Y aceptó de buena gana
Descansar allí aquel día,
Esperan se fijará;
Mas los curiosos la vieron
Al otro día, y dijeron:
¡Jesús, y que vieja es ya! 
 
 
El Deseo y el Goce
 
Suspiró el Deseo,
Y el Goce le dijo:
¡Que triste te veo!
Consuélate, hijo.
Demos sin tardanza
Fin a tus dolores:
Puedan tus amores
Cumplir su esperanza.
Ven, hijo, conmigo:
Recobra el reposo;
Ven, pues soy tu amigo:
Yo te haré dichoso.
Con esto en su seno
Cogióle, le dio
Su dulce veneno,
Y al punto expiró.
 
 
 
El novio y el capuchino
 
Cierto joven que a casarse
Gozoso se preparaba,
A los pies de un capuchino
Se arrodilló una mañana,
Y le rogó muy humilde
Que sus culpas escuchara.
Confieso, dijo, que quiero,
Que idolatro a una muchacha;
Pero todo está dispuesto,
Y hoy mismo, padre, nos casan.
Contóle otros pecaduelos
El novio, muy a la larga,
Y el fraile tomaba polvos
Sin chistar una palabra,
Mirando ya por su parte
La confesión acabada;
Dicho ya el Ego te absolvo,
Extrañando le dejaba
Escapar tan bien librado,
Antes de volver a casa,
Dijo el penitente: Padre,
¿No me manda rezar nada,
Ni hacer otra penitencia
Que mis culpas satisfaga?
A que contestó mi fraile,
Componiéndose las barbas:
¿Qué más penitencia quiere?
¿No me ha dicho que se casa?
 
 
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02/08/2008 GMT 2

Leyes, usos y costumbres

escuela_de_salud @ 11:06

Se cuenta que un grupo de antropólogos colocó cinco monos en una jaula, en cuyo centro pusieron una especie de escalera y sobre ella un racimo de plátanos de buena calidad y bien olorosos. Apenas tardaron unos segundos los monos en reaccionar y enseguida uno de ellos empezó a subir la escalera para pillar los plátanos y darse un festín, pero los científicos que ya esperaban esa reacción lanzaron un gran chorro de agua helada sobre los otros que habían quedado en el suelo esperando su turno. Esta forma de proceder la repitieron en varias ocasiones y cada vez que uno trepaba los otros se llevaban un buen chorro de agua fría. Después de algún tiempo, cada vez que un mono intentaba subir la escalera, los otros cuatro lo molían a palos para evitar el desagradable remojón. Los científicos dejaron que las cosas evolucionaran y después de algo de tiempo, ningún mono subía la escalera, a pesar de la tentación de los olorosos plátanos que colgaban ahí arriba.

Entonces, los científicos decidieron sustituir a uno de los monos por otro nuevo que no conocía nada de todo aquello. Como es normal, su primera reacción al ver los plátanos fue subir la escalera, siendo rápidamente bajado por los otros, quienes le molieron a palos. Después de algunas palizas, el nuevo integrante del grupo ya no subió más la escalera. Un segundo mono fue reemplazado por otro novato y de nuevo vuelta a empezar. El primer sustituto participó con entusiasmo y saña en la paliza al mono novato al ver la reacción de los demás. Un tercero fue cambiado y de nuevo pasó lo mismo en cuanto intento alcanzar los plátanos. El cuarto y, finalmente, el último de los monos veteranos fue reemplazado.

Si nos fijamos quedaban cinco monos que jamás habían recibido el chorro de agua fría de los antropólogos y, sin embargo, jamás subían la escalera y al que lo intentaba le daban una paliza, sin tener la menor idea de por qué lo hacían. No parece que haya mucha diferencia entre los monos y los hombres, y cuenta la historia de Internet que si fuese posible preguntar a algunos de ellos por qué le pegaban a quien intentase subir la escalera, con certeza la respuesta sería:

"No sé, las cosas siempre se han hecho así aquí..."

28/07/2008 GMT 2

El hombre que plantó árboles y creció felicidad

escuela_de_salud @ 18:41

Si uno quiere descubrir cualidades realmente excepcionales en el carácter de un ser humano, debe tener el tiempo o la oportunidad de observar su comportamiento durante varios años. Si este comportamiento no es egoísta, si está presidido por una generosidad sin límites, si es tan obvio que no hay afán de recompensa, y además ha dejado una huella visible en la tierra, entonces no cabe equivocación posible.

Hace cuarenta años hice un largo viaje a pie a través de montañas completamente desconocidas por los turistas, atravesando la antigua región donde los Alpes franceses penetran en la Provenza. Cuando empecé mi viaje por aquel lugar todo era estéril y sin color, y la única cosa que crecía era la planta conocida como lavanda silvestre.

Cuando me aproximaba al punto más elevado de mi viaje, y tras caminar durante tres días, me encontré en medio de una desolación absoluta y acampé cerca de los vestigios de un pueblo abandonado. Me había quedado sin agua el día anterior, y por lo tanto necesitaba encontrar algo de ella. Aquel grupo de casas, aunque arruinadas como un viejo nido de avispas, sugerían que una vez hubo allí un pozo o una fuente. La había, desde luego, pero estaba seca. Las cinco o seis casas sin tejados, comidas por el viento y la lluvia, la pequeña capilla con su campanario desmoronándose, estaban allí, aparentemente como en un pueblo con vida, pero ésta había desaparecido.

 Era un día de junio precioso, brillante y soleado, pero sobre aquella tierra desguarnecida el viento soplaba, alto en el cielo, con una ferocidad insoportable. Gruñía sobre los cadáveres de las casas como un león interrumpido en su comida... Tenía que cambiar mi campamento.

Tras cinco horas de andar, todavía no había hallado agua y no existía señal alguna que me diera esperanzas de encontrarla. En todo el derredor reinaban la misma sequedad, las mismas hierbas toscas. Me pareció vislumbrar en la distancia una pequeña silueta negra vertical, que parecía el tronco de un árbol solitario. De todas formas me dirigí hacia él. Era un pastor. Treinta ovejas estaban sentadas cerca de él sobre la ardiente tierra.

Me dio un sorbo de su calabaza-cantimplora, y poco después me llevó a su cabaña en un pliegue del llano. Conseguía el agua -agua excelente- de un pozo natural y profundo encima del cual había construido un primitivo torno.

El hombre hablaba poco, como es costumbre de aquellos que viven solos, pero sentí que estaba seguro de sí mismo, y confiado en su seguridad. Para mí esto era sorprendente en ese país estéril. No vivía en una cabaña, sino en una casita hecha de piedra, evidenciadora del trabajo que él le había dedicado para rehacer la ruina que debió encontrar cuando llegó. El tejado era fuerte y sólido. Y el viento, al soplar sobre él, recordaba el sonido de las olas del mar rompiendo en la playa.

La casa estaba ordenada, los platos lavados, el suelo barrido, su rifle engrasado, su sopa hirviendo en el fuego. Noté que estaba bien afeitado, que todos sus botones estaban bien cosidos y que su ropa había sido remendada con el meticuloso esmero que oculta los remiendos. Compartimos la sopa, y después, cuando le ofrecí mi petaca de tabaco, me dijo que no fumaba. Su perro, tan silencioso como él, era amigable sin ser servil.

Desde el principio se daba por supuesto que yo pasaría la noche allí. El pueblo más cercano estaba a un día y medio de distancia. Además, ya conocía perfectamente el tipo de pueblo de aquella región... Había cuatro o cinco más de ellos bien esparcidos por las faldas de las montañas, entre agrupaciones de robles albares, al final de carreteras polvorientas. Estaban habitadas por carboneros, cuya convivencia no era muy buena. Las familias, que vivían juntas y apretujadas en un clima excesivamente severo, tanto en invierno como en verano, no encontraban solución al incesante conflicto de personalidades. La ambición territorial llegaba a unas proporciones desmesuradas, en el deseo continuo de escapar del ambiente. Los hombres vendían sus carretillas de carbón en el pueblo más importante de la zona y regresaban. Las personalidades más recias se limaban entre la rutina cotidiana. Las mujeres, por su parte, alimentaban sus rencores. Existía rivalidad en todo, desde el precio del carbón al banco de la iglesia. Y encima de todo estaba el viento, también incesante, que crispaba los nervios. Había epidemias de suicidio y casos frecuentes de locura, a menudo homicida.

Había transcurrido una parte de la velada cuando el pastor fue a buscar un saquito del que vertió una montañita de bellotas sobre la mesa. Empezó a mirarlas una por una, con gran concentración, separando las buenas de las malas. Yo fumaba en mi pipa. Me ofrecí para ayudarle. Pero me dijo que era su trabajo. Y de hecho, viendo el cuidado que le dedicaba, no insistí. Esa fue toda nuestra conversación. Cuando ya hubo separado una cantidad suficiente de bellotas buenas, las separó de diez en diez, mientras iba quitando las más pequeñas o las que tenían grietas, pues ahora las examinaba más detenidamente. Cuando hubo seleccionado cien bellotas perfectas, descansó y se fue a dormir.

Se sentía una gran paz estando con ese hombre, y al día siguiente le pregunté si podía quedarme allí otro día más. Él lo encontró natural, o para ser más preciso, me dio la impresión de que no había nada que pudiera alterarle. Yo no quería quedarme para descansar, sino porque me interesó ese hombre y quería conocerle mejor. Él abrió el redil y llevó su rebaño a pastar. Antes de partir, sumergió su saco de bellotas en un cubo de agua.

Me di cuenta de que en lugar de cayado, se llevó una varilla de hierro tan gruesa como mi pulgar y de metro y medio de largo. Andando relajadamente, seguí un camino paralelo al suyo sin que me viera. Su rebaño se quedó en un valle. Él lo dejó a cargo del perro, y vino hacia donde yo me encontraba. Tuve miedo de que me quisiera censurarme por mi indiscreción, pero no se trataba de eso en absoluto: iba en esa dirección y me invitó a ir con él si no tenía nada mejor que hacer. Subimos a la cresta de la montaña, a unos cien metros.

Allí empezó a clavar su varilla de hierro en la tierra, haciendo un agujero en el que introducía una bellota para cubrir después el agujero. Estaba plantando un roble. Le pregunté si esa tierra le pertenecía, pero me dijo que no. ¿Sabía de quién era?. No tampoco. Suponía que era propiedad de la comunidad, o tal vez pertenecía a gente desconocida. No le importaba en absoluto saber de quién era. Plantó las bellotas con el máximo esmero. Después de la comida del mediodía reemprendió su siembra. Deduzco que fui bastante insistente en mis preguntas, pues accedió a responderme. Había estado plantado cien árboles al día durante tres años en aquel desierto. Había plantado unos cien mil. De aquellos, sólo veinte mil habían brotado. De éstos esperaba perder la mitad por culpa de los roedores o por los designios imprevisibles de la Providencia. Al final quedarían diez mil robles para crecer donde antes no había crecido nada.

Entonces fue cuando empecé a calcular la edad que podría tener ese hombre. Era evidentemente mayor de cincuenta años. Cincuenta y cinco me dijo. Su nombre era Elzeard Bouffier. Había tenido en otro tiempo una granja en el llano, donde tenía organizada su vida. Perdió su único hijo, y luego a su mujer. Se había retirado en soledad, y su ilusión era vivir tranquilamente con sus ovejas y su perro. Opinaba que la tierra estaba muriendo por falta de árboles. Y añadió que como no tenía ninguna obligación importante, había decidido remediar esta situación.

Como en esa época, a pesar de mi juventud, yo llevaba una vida solitaria, sabía entender también a los espíritus solitarios. Pero precisamente mi juventud me empujaba a considerar el futuro en relación a mí mismo y a cierta búsqueda de la felicidad. Le dije que en treinta años sus robles serían magníficos. Él me respondió sencillamente que, si Dios le conservaba la vida, en treinta años plantaría tantos más, y que los diez mil de ahora no serían más que una gotita de agua en el mar.

Además, ahora estaba estudiando la reproducción de las hayas y tenía un semillero con hayucos creciendo cerca de su casita. Las plantitas, que protegía de las ovejas con una valla, eran preciosas. También estaba considerando plantar abedules en los valles donde había algo de humedad cerca de la superficie de la tierra.
Al día siguiente nos separamos.

Un año más tarde empezó la Primera Guerra Mundial, en la que yo estuve enrolado durante los siguientes cinco años. Un «soldado de infantería» apenas tenía tiempo de pensar en árboles, y a decir verdad, la cosa en sí hizo poca impresión en mí. La había considerado como una afición, algo parecido a una colección de sellos, y la olvidé.

Al terminar la guerra sólo tenía dos cosas: una pequeña indemnización por la desmovilización, y un gran deseo de respirar aire fresco durante un tiempo. Y me parece que únicamente con este motivo tomé de nuevo la carretera hacia la «tierra estéril».

El paisaje no había cambiado. Sin embargo, más allá del pueblo abandonado, vislumbré en la distancia un cierto tipo de niebla gris que cubría las cumbres de las montañas como una alfombra. El día anterior había empezado de pronto a recordar al pastor que plantaba árboles. «Diez mil robles -pensaba- ocupan realmente bastante espacio». Como había visto morir a tantos hombres durante aquellos cinco años, no esperaba hallar a Elzeard Bouffier con vida, especialmente porque a los veinte años uno considera a los hombres de más de cincuenta como personas viejas preparándose para morir... Pero no estaba muerto, sino más bien todo lo contrario: se le veía extremadamente ágil y despejado: había cambiado sus ocupaciones y ahora tenía solamente cuatro ovejas, pero en cambio cien colmenas. Se deshizo de las ovejas porque amenazaban los árboles jóvenes. Me dijo -y vi por mí mismo- que la guerra no le había molestado en absoluto. Había continuado plantando árboles imperturbablemente. Los robles de 1.910 tenían entonces diez años y eran más altos que cualquiera de nosotros dos. Ofrecían un espectáculo impresionante. Me quedé con la boca abierta, y como él tampoco hablaba, pasamos el día en entero silencio por su bosque. Las tres secciones medían once kilómetros de largo y tres de ancho. Al recordar que todo esto había brotado de las manos y del alma de un hombre solo, sin recursos técnicos, uno se daba cuenta de que los humanos pueden ser también efectivos en términos opuestos a los de la destrucción...

Había perseverado en su plan, y hayas más altas que mis hombros, extendidas hasta el límite de la vista, lo confirmaban. me enseñó bellos parajes con abedules sembrados hacía cinco años (es decir, en 1.915), cuando yo estaba luchando en Verdún. Los había plantado en todos los valles en los que había intuido -acertadamente- que existía humedad casi en la superficie de la tierra. Eran delicados como chicas jóvenes, y estaban además muy bien establecidos.

Parecía también que la naturaleza había efectuado por su cuenta una serie de cambios y reacciones, aunque él no las buscaba, pues tan sólo proseguía con determinación y simplicidad en su trabajo. Cuando volvimos al pueblo, vi agua corriendo en los riachuelos que habían permanecido secos en la memoria de todos los hombres de aquella zona. Este fue el resultado más impresionante de toda la serie de reacciones: los arroyos secos hacía mucho tiempo corrían ahora con un caudal de agua fresca. Algunos de los pueblos lúgubres que menciono anteriormente se edificaron en sitios donde los romanos habían construido sus poblados, cuyos trazos aún permanecían. Y arqueólogos que habían explorado la zona habían encontrado anzuelos donde en el siglo XX se necesitaban cisternas para asegurar un mínimo abastecimiento de agua.

El viento también ayudó a esparcir semillas. Y al mismo tiempo que apareció el agua, también lo hicieron sauces, juncos, prados, jardines, flores y una cierta razón de existir. Pero la transformación se había desarrollado tan gradualmente que pudo ser asumida sin causar asombro. Cazadores adentrándose en la espesura en busca de liebres o jabalíes, notaron evidentemente el crecimiento repentino de pequeños árboles, pero lo atribuían a un capricho de la naturaleza. Por eso nadie se entrometió con el trabajo de Elzeard Bouffier. Si él hubiera sido detectado, habría tenido oposición. Pero era indetectable. Ningún habitante de los pueblos, ni nadie de la administración de la provincia, habría imaginado una generosidad tan magnífica y perseverante.

Para tener una idea más precisa de este excepcional carácter no hay que olvidar que Elzeard trabajó en una soledad total, tan total que hacía el final de su vida perdió el hábito de hablar, quizá porque no vio la necesidad de éste.

En 1.933 recibió la visita de un guardabosques que le notificó una orden prohibiendo encender fuego, por miedo a poner en peligro el crecimiento de este bosque natural. Esta era la primera vez -le dijo el hombre- que había visto crecer un bosque espontáneamente. En ese momento, Bouffier pensaba plantar hayas en un lugar a 12 Km. de su casa, y para evitar las ideas y venidas (pues contaba entonces 75 años de edad), planeó construir una cabaña de piedra en la plantación. Y así lo hizo al año siguiente.

En 1.935 una delegación del gobierno se desplazó para examinar el «bosque natural». La componían un alto cargo del Servicio de Bosques, un diputado y varios técnicos. Se estableció un largo diálogo completamente inútil, decidiéndose finalmente que algo se debía hacer... y afortunadamente no se hizo nada, salvo una única cosa que resultó útil: todo el bosque se puso bajo la protección estatal, y la obtención del carbón a partir de los árboles quedó prohibida. De hecho era imposible no dejarse cautivar por la belleza de aquellos jóvenes árboles llenos de energía, que a buen seguro hechizaron al diputado.

Un amigo mío se encontraba entre los guardabosques de esa delegación y le expliqué el misterio. Un día de la semana siguiente fuimos a ver a Elzeard Bouffier. Lo encontramos trabajando duro, a unos diez kilómetros de donde había tenido lugar la inspección.

El guardabosques sabía valorar las cosas, pues sabía cómo mantenerse en silencio. Yo le entregué a Elzeard los huevos que traía de regalo. Compartimos la comida entre los tres y después pasamos varias horas en contemplación silenciosa del paisaje...

En la misma dirección en la que habíamos venido, las laderas estaban cubiertas de árboles de seis a siete metros de altura. Al verlos recordaba aún el aspecto de la tierra en 1.913, un desierto... y ahora, una labor regular y tranquila, el aire de la montaña fresco y vigoroso, equilibrio y, sobre todo, la serenidad de espíritu, habían otorgado a este hombre anciano una salud maravillosa. Me pregunté cuántas hectáreas más de tierra iba a cubrir con árboles.

Antes de marcharse, mi amigo hizo una sugerencia breve sobre ciertas especies de árboles para los que el suelo de la zona estaba especialmente preparado. No fue muy insistente; «por la buena razón -me dijo más tarde- de que Bouffier sabe de ello más que yo». Pero, tras andar un rato y darle vueltas en su mente, añadió: «¡y sabe mucho más que cualquier persona, pues ha descubierto una forma maravillosa de ser feliz!».

Fue gracias a ese hombre que no sólo la zona, sino también la felicidad de Bouffier fue protegida. Delegó tres guardabosques para el trabajo de proteger la foresta, y les conminó a resistir y rehusar las botellas de vino, el soborno de los carboneros.

El único peligro serio ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial. Como los coches funcionaban con gasógeno, mediante generadores que quemaban madera, nunca había leña suficiente. La tala de robles empezó en 1.940, pero la zona estaba tan lejos de cualquier estación de tren que no hubo peligro. El pastor no se enteraba de nada. Estaba a treinta kilómetros, plantando tranquilamente, ajeno a la guerra de 1.939 como había ignorado la de 1.914.

Vi a Elzeard Bouffier por última vez en junio de 1.945. Tenía entonces ochenta y siete años. Volví a recorrer el camino de la «tierra estéril»; pero ahora en lugar del desorden que la guerra había causado en el país, un autobús regular unía el valle del Durance y la montaña. No reconocí la zona, y lo atribuí a la relativa rapidez del autobús... Hasta que vi el nombre del pueblo no me convencí de que me hallaba realmente en aquella región, donde antes sólo había ruinas y soledad.

El autobús me dejó en Vergons. En 1.913 este pueblecito de diez o doce casas tenía tres habitantes, criaturas algo atrasadas que casi se odiaban una a otra, subsistiendo de atrapar animales con trampas, próximas a las condiciones del hombre primitivo. Todos los alrededores estaban llenos de ortigas que serpenteaban por los restos de las casas abandonadas. Su condición era desesperanzadora, y una situación así raramente predispone a la virtud.

Todo había cambiado, incluso el aire. En vez de los vientos secos y ásperos que solían soplar, ahora corría una brisa suave y perfumada. Un sonido como de agua venía de la montaña. Era el viento en el bosque; pero más asombro era escuchar el auténtico sonido del agua moviéndose en los arroyos y remansos. Vi que se había construido una fuente que manaba con alegre murmullo, y lo que me sorprendió más fue que alguien había plantado un tilo a su lado, un tilo que debería tener cuatro años, ya en plena floración, como símbolo irrebatible de renacimiento.

Además, Vergons era el resultado de ese tipo de trabajo que necesita esperanza, la esperanza que había vuelto. Las ruinas y las murallas ya no estaban, y cinco casas habían sido restauradas. Ahora había veinticinco habitantes. Cuatro de ellos eran jóvenes parejas. Las nuevas casas, recién encaladas, estaban rodeadas por jardines donde crecían vegetales y flores en una ordenada confusión. Repollos y rosas, puerros y margaritas, apios y anémonas hacían al pueblo ideal para vivir.

Desde ese sitio seguí a pie. La guerra, al terminar, no había permitido el florecimiento completo de la vida, pero el espíritu de Elzeard permanecía allí. En las laderas bajas vi pequeños campos de cebada y de arroz; y en el fondo del valle verdeaban los prados.

Sólo fueron necesarios ocho años desde entonces para que todo el paisaje brillara con salud y prosperidad. Donde antes había ruinas, ahora se encontraban granjas; los viejos riachuelos, alimentados por las lluvias y las nieves que el bosque atrae, fluían de nuevo. Sus aguas alimentaban fuentes y desembocan sobre alfombras de menta fresca. Poco a poco, los pueblecitos se habían revitalizado. Gentes de otros lugares donde la tierra era más cara se habían instalado allí, aportando su juventud y su movilidad. Por las calles uno se topaba con hombres y mujeres vivos, chicos y chicas que empezaban a reír y que habían recuperado el gusto por las excursiones. Si contábamos la población anterior, irreconocible ahora que gozaba de cierta comodidad, más de diez mil personas debían en parte su felicidad a Elzeard Bouffier.

Por eso, cuando reflexiono sobre aquel hombre armado únicamente por sus fuerzas físicas y morales, capaz de hacer surgir del desierto esa tierra de Canán, me convenzo de que a pesar de todo la humanidad es admirable. Cuando reconstruyo la arrebatadora grandeza de espíritu y la tenacidad y benevolencia necesaria para dar lugar a aquel fruto, me invade un respeto sin límites por aquel hombre anciano y supuestamente analfabeto, un ser que completó una tarea digna de Dios.

Jean Giono

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16/05/2008 GMT 2

El cuento del dentista y el flúor

escuela_de_salud @ 14:07

HABÍA UNA VEZ un dentista. Se llamaba Lester. Durante muchos años, lo mismo que todos los otros dentistas que conocía, Lester estaba convencido de que el flúor en el agua potable era bueno para todos. Al igual que los otros dentistas, Lester había aprendido en la escuela de los dentistas que el flúor mitigaba la caries de los dientes. Lester creía que el flúor era sólo flúor.

Entonces, un día tropezó con un químico y empezaron a hablar del tema de la fluorización del agua potable. El químico le preguntó acerca del tipo de fluoruro que se utilizaba para la fluorización del agua potable. Lester le contestó:

-Nosotros simplemente nos limitamos a ajustar el nivel de flúor en el agua, añadiendo una parte por millón de sólo flúor.

-No existe ninguna sustancia que sea solamente flúor-, le contestó.

Lester se rascó la cabeza:

-Pero es que ellos me dijeron que la sustancia que se adicionaba al agua era sólo flúor.

El químico se echó a reír con ganas:

 -El flúor es el elemento químico existente más electronegativo que existe y nunca se encuentra aislado en la naturaleza, por lo que existen muchos tipos de fluoruro. Así por ejemplo, el fluoruro cálcico se encuentra en el agua natural. También existen otros tipos de fluoruro distintos como el fluoruro de plomo, el fluoruro de aluminio, etc. Si añades flúor al agua, tiene que ser bajo forma de un compuesto y es por esto que te he preguntado por el tipo de fluoruro que añadíais.

Lester se sintió mareado. No había caído en esto.

Al día siguiente, Lester se fue a la biblioteca para examinar libros de química y se enteró de que el fluoruro cálcico se encuentra naturalmente en el agua. También descubrió que el fluoruro cálcico es prácticamente insoluble en el agua y que no puede ser fácilmente absorbido por el cuerpo. Su amigo, el químico, tenía mucha razón, ya que existía un gran número de compuestos de fluoruro distintos.

Ahora, intrigado, Lester buscó algunos estudios científicos acerca de la fluorización. Leyó que, en las pruebas de laboratorio, los científicos utilizaban agua purificada y fluoruro sódico de alta pureza y calidad para realizar sus investigaciones y también descubrió que el fluoruro sódico es absorbido por el cuerpo mucho más fácilmente que el fluoruro cálcico. Su amigo tenía razón y el dentista se preguntó cómo era posible que alguien pudiera decir que el fluoruro cálcico era lo mismo que el fluoruro sódico.

Al día siguiente Lester telefoneó a la Compañía de Aguas para preguntarles si estaban añadiendo fluoruro cálcico o fluoruro sódico al agua potable. El director del departamento del agua potable le explicó que ellos estaban añadiendo al agua un producto conocido como fluoruro de sílice y que lo compraban como un producto de muy baja calidad, debido a que les resultaría demasiado caro utilizar uno de más pureza y calidad y que, de todos modos, el departamento de Sanidad no pagaría por un fluoruro cálcico de alta pureza, por considerar que el flúor es siempre flúor, sin importarles de dónde provenía. En esta situación Lester se sintió completamente desconcertado.

-¿Dónde conseguís estos fluoruros de sílice?-, acabó por preguntar. El director del departamento de agua potable le explicó que el fluoruro de sílice, también conocido como ácido hexafluosilícico, constituye un subproducto tóxico de desecho procedente de los condensadores de gases contaminantes en la producción de abonos fosfatados.

El dentista quedó horrorizado:

-¡Debéis estar locos para poner esta sustancia en el agua de beber!

El director de dicho departamento le dio la razón, puesto que el ácido hexafluosilícico también contenía otras sustancias tóxicas, como arsénico, berilio, mercurio, plomo... Le comunicó que él no bebía el agua de la ciudad debido a los muchos contaminantes que estaban presentes en el producto utilizado para la fluorización y que causan problemas en la salud: “Por ejemplo, el arsénico causa cánceres de próstata, vejiga, riñón, piel y pulmón y no existe un umbral de seguridad para el arsénico”.

Lester quedó aterrado y preguntó al director por qué no paraban de fluorizar el agua con este líquido contaminante, asombrándose de que alguien fuera capaz de añadir un conocido agente cancerígeno al agua potable. El director le contestó que él se limitaba a hacer su trabajo.

Después de una noche de insomnio, Lester reconsideró el dilema de la fluorización mientras se enjabonaba en la ducha. “Dicen que se limitan a ajustar tan sólo el nivel del flúor natural en el agua en relación al fluoruro cálcico, pero que utilizan un fluoruro sódico de alta calidad y agua muy pura para los experimentos con ratas en el laboratorio. ¡Pero ellos están añadiendo un líquido contaminado de la condensación de gases en el agua que yo bebo!”. No tenía sentido.

Realizó una llamada a la asociación de dentistas, explicando lo que había aprendido, pero su interlocutor le contestó fríamente:

“ Si valoras tu licencia para poder trabajar como odontólogo, ni se te ocurra mencionar este tema otra vez”. Lester se quedó anonadado.

Había trabajado duro y estaba muy orgulloso de toda su experiencia profesional, y de sus dos coches de coleccionista; no podría soportar su pérdida. Y también pensó en su mujer y su familia, y cuánto echaría de menos su lujoso hogar con sus cuatro cuartos de baño, su jacuzzi, las escuelas privadas y sus vacaciones en el extranjero...

Al cabo de poco tiempo, tomó la decisión de no beber más agua del grifo. A partir de entonces, en casa comprarían agua embotellada. De todos modos, no se sintió muy feliz cuando entró a la sala de visitas para recibir y saludar al primer paciente del día.
Unos meses más tarde fue a visitarse a su colega, también médico, para su revisión médica anual y se enteró de que tenía un cáncer de próstata. Recordó las palabras del director del departamento del agua potable: “El arsénico causa cáncer de próstata”. La mayor parte de los contaminantes del agua de la red pública son absorbidos a través de la piel, cuando uno se ducha, o a través de las ropas lavadas con este agua.
Pobre Lester.

George Glasser se dedica al periodismo de investigación especializado en temas del medio ambiente.

FUENTE : http://www.theecologist.net/

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13/05/2008 GMT 2

Un cuento: El reino envenenado

escuela_de_salud @ 18:56

                                                         Viniere el malo con su trono al hombro y viniere el bueno a ayudar al malo a andar

Mario Benedetti.

Érase una vez unos habitantes, una ciudad y un reino muy lejos de aquí y que, como veréis, se parecían muy poco a nosotros. Vivían al principio en paz, rodeados de cosas sencillas como el sol, los niños y los pájaros. Y las plantas, las buenas, baratas y sencillas plantas, que en gran variedad había puesto Dios en aquella tierra, y que los ancianos del lugar usaban para hacer tizones medicinales, plantas cuyos secretos pasaban las abuelas de generación en generación.

Cuando se necesitaba alguna planta, alguna abuela sabia salía a la montaña y volvía con un buen puñado de ellas, justo las que necesitaban para cada caso. Pero eso sólo ocurría de tarde en tarde, en los raros casos en que alguien se ponía enfermo, por lo común viejos a los que ya se iba aproximando su hora de partir de este mundo. Así es que había muchos ciudadanos saludables y había pocos médicos, científicos y farmacéuticos en esa ciudad: había en realidad sólo tres; porque, en realidad... no se necesitaban más.

Pero un día triste de un año maléfico llegó a la ciudad un hombre malo, y se quedó en el mejor hotel, maquinando cómo hacerse rico con tan confiados e ingenuos ciudadanos. Se llamaba Manson y era en realidad un timador y un gánster desaprensivo que había tenido que huir de otro reino por una gran estafa que él hizo. Aunque, como suele ocurrir con todos los gansters, vestía con mucho empaque y parecía una persona muy honorable y digna de crédito. Todos le cedían el paso cuando él entraba en los lugares importantes de la ciudad.

Manson tenía el corazón negro y se rodeó, por la ley de la semejanza, de un pequeño círculo de hombres con el corazón asimismo negro, y empezó a maquinar cómo timar a gran escala, sin que esta vez tuviera que huir ni le quisieran llevar ante la justicia.

Pronto urdió un timo perfecto que, como sería a gran escala, sería muy poco detectable. Decidió vender a los ciudadanos de ese reino simultáneamente venenos y contravenenos para de esta forma hacerse muy rico.

Así es que, ayudado de su íntimo círculo de secuaces, pasaron a la primera fase del proyecto. Pusieron a la venta un veneno en bajas dosis para aguas y alimentos, veneno al que sin embargo llamaron «Aditivo Colorante Conservante» pues daba color y sabor atractivo a los manjares e impedía que aguas y alimentos se llenasen de algas y microbios (incluso a temperatura ambiente) o, como ellos dijeron en su publicidad, impedía que las aguas se «pudriesen». Como los efectos de esos venenos eran a largo plazo, sólo los previnieron algunos biólogos expertos, que fueron convenientemente sobornados (y en algún caso eliminados).

En vista de que nadie señalaba inconvenientes importantes y en vista de las indudables ventajas, muchos hombres buenos acogieron y financiaron a ese hombre de corazón malo, que fundó una gran empresa que llamó «Aditivos Co.» que creció un 500% durante muchos años, e hizo muy rico a Manson y a los Bancos que le ayudaron.

Pero la naturaleza no entendía de mentidas y sobornos. Así es que las células de los hígados de los habitantes de esa ciudad y de ese reino se desvitalizaban y morían... a la misma velocidad que las algas que antes enverdecían las aguas de los estanques y que las bacterias que antes fermentaban los alimentos; y los colorantes y saborizantes que tanto realzaban (y hacían vender) los manjares... envenenaban en igual proporción poco a poco los hígados y riñones de la mayor parte de los habitantes del reino.

Los sistemas inmunitarios de los habitantes de la ciudad se deprimían lentamente y los hepatocitos morían uno tras otro, vertiéndose sus contenidos necróticos en los conductos intra y extrahepáticos y en la sangre, los cuales se llenaban de extrañas proteínas, trozos de ADN y ARN dañados. No es de extrañar que, tras algunas semanas, proliferara entre toda esa materia muerta algún que otro microbio «oportunista» o «basurero», microbio que era rápidamente fotografiado e identificado por los biólogos a sueldo de Manson.

Para encubrir su oculta pero detectable mala acción, Manson y sus desaprensivos hacían decir a los «expertos» a su servicio que las extrañas proteínas y trozos de ADN y ARN dañados que aparecían en la sangre y biopsias de los afectados pertenecían en realidad a los microbios que aparecían en la mayoría de los hígados afectados. Y, presentando diapositivas de los microbios y del material genético hallado, decían con gran solemnidad que habían por fin descubierto a los verdaderos responsables de los daños hepáticos encontrados.

Y como esa mentira se decía con palabras muy serias y complicadas en revistas muy serias y complicadas... pues resulta que todos los letrados y «científicos» del reino dijeron que así era, en efecto, pues temían confesar que no habían visto nada de todo eso, y que en realidad ignoraban la base que estaba detrás de toda aquella fraseología. Y como ellos dijeron que era así, los mejores periodistas y dibujantes hicieron amplios esquemas que publicaron en las revistas más «serias» y expléndidos documentales que emitieron en la Gran Cadena Televisiva del reino. Y, como eso hicieron los periodistas, todos creyeron esa gran mentira que, paradójicamente, recibió el premio Pulitzer de ese año. Es más, hartos de ver crecer el número de enfermos y muertos que cada semana se registraban en el desolado reino, el clamor de las gentes forzaron a que la Seguridad social del envenenado reino financiase la lucha contra esos perversos microbios.

Manson fundó un gran holding diversificado de empresas que ascendió rápidamente en Bolsa. Además de «Aditivos Co.», Manson y sus desaprensivos fundaron también «Inhibitoria Farmacéutica Co.», que desarrolló potentes antimicrobianos e inhibidores de los procesos de expresión y catabolismo celular. De esta forma lograban frenar durante algunos meses (e incluso años) los alarmantes resultados que en los organismos envenenados los «test detección» iban mostrando. Cierto es que ese frenado se producía a costa de importantes efectos secundarios. Unos y otros eran puestos en el mercado... tras patentarlos, por supuesto.

Pero la pieza clave del Holding la constituía «Multimedia Co.» empresa de «publicidad y publicaciones científicas» que hizo periódicas y «muy serias» campañas «de sensibilización» en este sentido, poniendo siempre «a disposición de la prestigiosa clase médica» las «valiosas ayudas descubiertas».

Los envenenamientos de «Aditivos Co.» continuaron, y los subsiguientes daños hepaticorenales también. Convenientemente publicitados, el uso de los productos de «Inhibitoria Farmacéutica Co.» fue creciendo, y pronto pudieron hacerse estadísticas de resultados.

Como consecuencia, las revistas «científicas» se fueron llenando de sesudos trabajos (estadísticos y aleatorizados, por supuesto) que ilustraban de mil formas distintas la «alta asociación» que existía entre los microbios sospechosos y el daño hepático de los pacientes; y manifestaban bien claramente la dependencia que se producía entre el uso de los fármacos bioinhibidores y la eficaz inhibición de los molestos signos y síntomas que se producían por la destrucción de los hepatocitos y la aparición de microbios.

La mayor parte de los (ya enriquecidos y afamados) «expertos», y la cohorte de periodistas y cameramans que les seguían, no dudaron de la versión que impulsó Manson, pues había «consenso general» entre todos los «expertos» y, además, las «correlaciones» eran «muy altas y pausibles».

Como suele ocurrir en la mayor parte de los buenos timos, los timados participaron con ganas y ahínco en dejarse timar: los que participaron en la creación y mantenimiento de los aditivos, test y farmacoinhibidores, obtuvieron dos beneficios: El primer beneficio era el oropel que adquiría la pléyade de médicos y farmacéuticos en financiados «Congresos Científicos» donde la autovanidad que necesitaban alcanzaba dimensiones verdaderamente coreográficas; El segundo beneficio era los inesperados y buenos beneficios que el uso de los test y fármacos les dejaba a cada uno de ellos. Para lavar su consciencia «Multimedia Co.» les decía que además de ejercer una loable y sacrificada labor de «prevención» al usar los test de «diagnóstico precoz» en la asustada población... sólo ellos «estaban autorizados» y sabían emplear esos tests.

En todas las generaciones, desde entonces, ese «terapeuta disidente» hacía lo mismo: curaba a sus enfermos envenenados con hierbas y pócimas simples de las antiguas abuelas, y contraindicaba el uso de los productos de «Aditivos Co.» en las aguas y alimentos, desaconsejando también los potentes fármacos de «Inhibitoria Farmacéutica Co.», millonariamente patrocinados por Manson por los forajidos que le continuaron. A pesar del uso universal de «Aditivos Co.», los enfermos que atendía el terapeuta disidente dejaban pronto de empeorar y solían mejorar sorprendentemente pronto y bien, sin apenas secuelas.

Con estos terapeutas contestatarios, Manson y sus descendientes sabían muy bien lo que hacer, y siempre hacían lo mismo: el terapeuta disidente era rápidamente tildado de charlatán, desacreditado y destituido por quienes tenían mucho que perder. Debido a ello, los periodistas y colegas que antes de ser destituido lo acusaban de ser un «buscador de notoriedad», pasaban a decir en un segundo tiempo que actuaba por «resentimiento» cada vez que, con menos fuerza y más desolado en cada ocasión, seguía el disidente advirtiendo a todos del «gigantesco error»; y lo encerraban en un psiquiátrico (o lo dopaban con psicofármacos, que era más fino).

Esta es la historia de esa distante ciudad de ese remoto reino que, como veis, tan poco parecido tiene al nuestro. Ciudad y reino que perduran hasta nuestros días, y en los que durante muchos más años han continuado envenenándose mucho más hígados. Y han continuado muriendo muchos más sufridos ciudadanos. Y han continuado haciéndose ricos y famosos muchos más científicos, médicos y farmacéuticos.

Y, sobre todo, han continuado haciéndose mucho, más multimillonarios y respetados los desaprensivos gansters timadores. Cada uno de los que enfermaban y cada uno de los que morían estuvieron siempre muy agradecidos por todo los que, en su triste situación, aquellos timadores «hacían por ellos». Les dieron premios y títulos y bendijeron el día en que providencialmente llegaron a la ciudad, poco antes de que la epidemia de «microbios rompehígados» comenzase. Y en el Parlamento decidieron erigir una gran estatua de bronce en el centro de la Plaza Mayor, en memoria de Sir Manson, al que llamaron «El Gran Benefactor»; pero que, como tú ya sabes muy bien, querido lector, fue en realidad el primero y más astuto de todos los timadores, el creador de la nueva saga de los biogánsters vendedores de venenos y contravenenos.

Esta es una de las historias que la Ignorancia (¡el peor Veneno que existe!) hace a veces con algunos reinos.

Y colorín colorado, este «cuento»... aún no se ha acabado.

Publicado en la Revista «Memorándum». Número 9, otoño de 1997.

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07/05/2008 GMT 2

Las dos grandezas

escuela_de_salud @ 20:09


Diógenes de Sínope fue el filósofo griego más famoso de la secta cínica. Vivió en el siglo IV antes de Cristo. Fue una figura muy interesante y controvertida. Vivía como un mendigo, tenía unas necesidades mínimas, era sincero con los poderosos hasta la impertinencia. Se le atribuyen muchas anécdotas, recogidas en diferentes fuentes, muy especialmente en la obra Vidas de filósofos ilustres, escrita por su tocayo Diógenes Laercio en el siglo III d.C.

 

 

El siguiente poema “Las dos grandezas” de Campoamor (perteneciente al grupo de poemas Doloras),  relata por extenso una conversacion entre Diógenes y Alejandro el Grande.

Las dos grandezas

Uno altivo, otro sin ley,
así dos hablando están.
–Yo soy Alejandro el rey.
–Y yo Diógenes el can.

–Vengo a hacerte más honrada
tu vida de caracol.
¿Qué quieres de mí? – Yo, nada;
que no me quites el sol.

–Mi poder... –Es asombroso,
pero a mí nada me asombra.
–Yo puedo hacerte dichoso.
–Lo sé, no haciéndome sombra

–Tendrás riquezas sin tasa,
un palacio y un dosel.
–¿Y para qué quiero casa
más grande que este tonel?

– Mantos reales gastarás
de oro y seda. –¡Nada, nada!
¿No ves que me abriga más
esta capa remendada?

–Ricos manjares devoro.
–Yo con pan duro me allano.
–Bebo el Chipre en copas de oro.
–Yo bebo el agua en la mano.

–¿Mandaré cuanto tú mandes?
–¡Vanidad de cosas vanas!
¿Y a unas miserias tan grandes
las llamáis dichas humanas?

– Mi poder a cuantos gimen,
va con gloria a socorrer.
–¡La gloria! capa del crimen;
crimen sin capa ¡el poder!

– Toda la tierra, iracundo,
tengo postrada ante mí.
–¿Y eres el dueño del mundo,
no siendo dueño de ti?

– Yo sé que, del orbe dueño,
seré del mundo el dichoso.
– Yo sé que tu último sueño
será tu primer reposo.

–Yo impongo a mi arbitrio leyes.
–¿Tanto de injusto blasonas?
–Llevo vencidos cien reyes.
–¡Buen bandido de coronas!

–Vivir podré aborrecido,
mas no moriré olvidado.
–Viviré desconocido,
mas nunca moriré odiado.

–¡Adiós! pues romper no puedo
de tu cinismo el crisol.
–¡Adiós! ¡Cuán dichoso quedo,
pues no me quitas el sol!–

Y al partir, con mutuo agravio,
uno altivo, otro implacable,
–¡Miserable! dice el sabio;
y el rey dice: –¡Miserable!

23/04/2008 GMT 2

Décima de Letamendi

escuela_de_salud @ 22:31

Esta antigua décima resume en pocas palabras el enfoque correcto para conservar la salud y la felicidad:

Vida honesta y ordenada

Usar de pocos remedios

Y poner todos los medios

En no apurarse por nada

 

La comida, moderada

Ejercicio y diversión

Beber con moderación

 

Salir al campo algún rato

Poco encierro, mucho trato

Y continua ocupación.

Letamendi

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